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Todavía puede que alguien piense que hablar de esclavitud en nuestros días puede ser algo anacrónico. Sin embargo, a pesar de la condena universal que sufrió tal práctica, hay actividades análogas que siguen siendo un problema grave y persistente en pleno siglo XXI.
Hoy, más que al concepto tradicional de esclavitud, nos encontramos con otros tipos actividades que violan igualmente los derechos humanos, hasta el punto de convertirse en las nuevas formas de esclavitud. Nos referimos a abusos como la venta de niños, la prostitución infantil, la utilización de niños en la pornografía, la explotación del trabajo infantil, la mutilación sexual de las niñas, la utilización de niños en los conflictos armados, la servidumbre por deudas, la trata de personas y la venta de órganos humanos, entre otras muchas.
La gran mayoria de estas prácticas análogas a la esclavitud suelen ser clandestinas; lo que dificulta mucho poder hacerse una idea clara de la escala de la esclavitud contemporánea, y aún más descubrirla, sancionarla o suprimirla. El problema se complica debido a que las víctimas de esos abusos suelen pertenecer a los grupos sociales más pobres y vulnerables. Muchas veces el temor y la necesidad de sobrevivir les impiden denunciar su situación.
No obstante, existen pruebas suficientes de que otras prácticas análogas a la esclavitud son vastas y se hallan muy difundidas, “legalmente”, basta para ello citar una cifra para evocar un panorama tétrico: en la actualidad se explota laboralmente a más de 100 millones de niños en el mundo (OIT).
Pero es que, además, se puede afirmar que actualmente no existe una distinción neta entre las diversas formas de esclavitud, así como que una misma familia puede ser víctima a la vez de varios tipos de esclavitud contemporánea -por ejemplo, la servidumbre, el trabajo forzoso, el trabajo infantil o la prostitución infantil- y el factor que los une a todos suele ser la extrema pobreza.
Un ejemplo sangrante lo tenemos en el trabajo infantil, que es muy solicitado en muchos paises empobrecidos porque resulta barato y porque los niños son naturalmente más dóciles y fáciles de disciplinar que los adultos y tienen demasiado miedo para protestar. Los empleadores inescrupulosos utilizan su baja estatura y su habilidad manual para ciertos tipos de labor. Muchas veces ocurre que se ofrece trabajo a los niños mientras sus padres se encuentran desempleados.
De esta forma, nos encontramos que hay niños de 7 a 10 años de edad que trabajan 12 a 14 horas diarias y ganas menos de la tercera parte del salario de un adulto.
O como, por poner otro ejemplo, los niños empleados en el servicio doméstico no sólo trabajan muchas horas por un sueldo miserable, sino que están particularmente expuestos a los abusos sexuales, así como a otros abusos físicos.
Existen incluso, y no lo contamos por dramatizar, casos extremos en los que se secuestra a los niños y se les retiene en campamentos remotos, donde se les encadena por las noches para evitar que huyan, y se les obliga a trabajar en la construcción de carreteras y en canteras.
Además, el trabajo infantil, a menudo arduo y peligroso, afecta la salud de manera irreversible y priva a los niños de la educación y el goce normal de sus primeros años.
Otro caso no menos sangrante es el hecho de que en muchas partes del mundo se procede al reclutamiento obligatorio de niños en el servicio militar. Las consecuencias son gravísimas. En las operaciones armadas muchos niños pierden la vida o quedan inválidos, mientras que otros son interrogados, torturados, golpeados o se les mantiene como prisioneros de guerra.
Y como no, el reclutamiento, el transporte clandestino y la explotación de las mujeres como prostitutas, así como la prostitución organizada de niños de ambos sexos en diversos países, son hechos bien documentados. Se ha comprobado el vínculo que existe en algunos lugares entre la prostitución y la pornografía -en particular, con explotación de niños- y la promoción e incremento del turismo.
No podemos olvidarnos tampoco de cómo muchos intermediarios inescrupulosos han descubierto que es posible obtener enormes ganancias entregando a niños de hogares pobres a personas con medios económicos -sin garantías ni vigilancia de ninguna clase para proteger los intereses del niño-. En tales casos, el beneficio financiero -de los padres así como de los intermediarios- otorga a la operación el carácter de una trata de niños.
En cuanto a la servidumbre por deudas, quizás sea la práctica más difícil de distinguir de la esclavitud tradicional, puesto que la víctima no puede dejar su trabajo, o la tierra que cultiva mientras no reembolse el dinero adeudado. Aunque en teoría una deuda puede pagarse en un determinado período de tiempo, la servidumbre se presenta cuando a pesar de todos los esfuerzos, el deudor no consigue cancelarla. Por lo general, la deuda es heredada por los hijos del trabajador en servidumbre. El arriendo de tierras a cambio de una parte de la cosecha es una forma frecuente de someter a los deudores a la servidumbre.
Como véis, la esclavitud tradicional, en tanto que sistema de trabajo permitido por la ley, ha sido abolida en todas partes, pero no ha quedado enteramente suprimida. Se sabe que todavía existen mercados de esclavos. Aun cuando ha sido abolida, la esclavitud deja huellas. En efecto, es posible que persista como una mentalidad -entre las víctimas y sus descendientes y entre los herederos de los dueños de esclavos- mucho tiempo después de haber desaparecido formalmente.
Contra todas estas nuevas formas de esclavitud ya hay constituidas bases esenciales en los pactos internacionales, las leyes nacionales y los procedimientos de ejecución, pero la experiencia demuestra que las actividades oficiales por sí solas no suprimirán la esclavitud en todas estas nuevas formas. También es preciso que cambien las actitudes y las costumbres, que muchas veces se hallan profundamente arraigadas.
Las personas a quienes conmueve la penosa situación de las víctimas de las formas contemporáneas de la esclavitud -sobre todo cuando se trata de niños- muchas veces preguntan: "¿Qué puedo hacer yo?".
La respuesta a esta simple pregunta también es simple: todos podemos hacer algo por lograr un orden mundial en el cual ya no se tolere la explotación inhumana. Hay muchas cosas que pueden hacer en el plano nacional y local, las asociaciones y los particulares.
La sugerencia, también más sencilla, al respecto: la denuncia. Trabajar desde nuestras organizaciones religiosas y laicas por dar a conocer a nuestros miembros, y al público en general, el carácter inhumano de las formas de explotación que siguen siendo muy frecuentes, puede ser un buen esfuerzo.
“Nadie estará sometido a esclavitud ni a servidumbre; la esclavitud y la trata de esclavos están prohibidas en todas sus formas” (Declaración Universal de Derechos Humanos)
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