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Amós, el pastor de Técoa en los aledaños del desierto de Judá, descubre la
podredumbre que se oculta bajo la capa de prosperidad en el reinado de
Jeroboam II, a mediados del siglo VIII a.C. Amenaza el castigo de Dios
sobre los crímenes inhumanos de los pueblos no israelitas ni cometidos
contra Israel; pues los valores que promueve el Dios de los Profetas son
Derechos humanos válidos para todos. Pero ciertamente es más grave el
pecado en el Pueblo de Dios, que conoce más claramente su sed de justicia
y su opción por los oprimidos (1,3-2,8). Lo que este campesino ve en el
transfondo verdadero de los palacios de los ricos y en sus fiestas
orgiásticas y hasta en sus cultos solemnes es "violencia y robo", quinto y
séptimo preceptos quebrantados, y hasta Poder y Riquezas idolatrados en
realidad : "Me dan asco sus fiestas" y "No me busquen en Betel y no vayan
a Guilgal...por más que eso sea lo que les gusta, Israelitas!". De lo que
se trata es de restablecer la justicia en las relaciones sociales,
especialmente en acabar con todo el atropello y la explotación de los
pobres (3,10-4,1; 5,7-15.21-25; 8,1-6).
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