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No es menos severo el juicio de Dios sobre Jerusalén, en boca del profeta
Miqueas, el campesino de Moréset, uno de tantos pueblitos explotado por la
creciente burocracia, militarización y lujo de la capital en tiempos de
Jotam, Ajaz y Ezequías: "Ay de aquellos que... codician campos y los
roban, casas y las usurpan, hacen violencia al hombre y a su familia"."Escuchen, jefes de Jacob y líderes de la casa de Israel:...Ustedes, que
han comido la carne de mi pueblo y han desollado su piel y quebrado sus
huesos...Ustedes, que abominan la Justicia y tuercen el Derecho, que
edifican a Sión con sangre y a Jerusalén con crímenes. Su jefes juzgan por
soborno, sus sacerdotes enseñan por sueldo, sus profetas vaticinan por
dinero" (2,1-2.8-10; 3,1-12). Lo mismo deben escuchar los ricos de Samaría
o cualquier otra clase de Ciudad explotadora:"¿Tendré Yo por justa la
balanza con trampas y los pesos y medidas fraudulentos? ¡Sus ricos están
llenos de violencia y sus gobernantes hablan falsedad!". Aunque la
catástrofe afecte a todos, los responsables son claramente las élites
explotadoras. Sus amenazas no se cumplieron, pero el pueblo guardó memoria
de ellas por generaciones (Jr 26,16-19)
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