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A pesar del castigo ejemplar de Samaría y de las amenazas de Miqueas
contra Jerusalén, más de un siglo después las cosas están tan mal como
antes. Sólo del rey Josías llega a afirmar Jeremías que "practicó la
Justicia y el Derecho... Juzgó la causa del pobre y del indigente... Y eso
sí es conocerme! -oráculo de Yahveh-". En contraste, su hijo Yoyaquín es
apostrofado así: "¡Ay del que edifica su palacio sin Justicia y sus
galerías sin Derecho! De su prójimo se sirve de balde y no le paga su
trabajo... Tus ojos y tu corazón no están más que para el lucro, para
derramar sangre inocente, para el abuso y la opresión !". Todo ello en
lugar de practicar el Derecho y la Justicia y "salvar al oprimido de la
mano del opresor y no atropellar al forastero, al huérfano y a la viuda;
ni hacer violencia ni derramar sangre inocente" como era el oficio regio
según la Ley de Dios (22,1-3.13-19). Pues sólo "si realmente hacen
Justicia y no oprimen al forastero, al huérfano y a la viuda y no vierten
sangre inocente... entonces Yo me quedaré con ustedes en este lugar". Dios
no está presente en ningún culto que no provenga de relaciones fraternas y
promueva el Derecho y la Justicia. Tal es el mensaje reiterado de los
Profetas (5,1-5.26-31; 7,1-15).
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