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Si algo saca de quicio a este Dios Vivo es la muerte prematura de las
víctimas, los gritos de dolor del oprimido, el llanto inconsolable del
huérfano y la viuda. Ya nos lo decían la Ley y los Profetas (Gn 4,10;
6,13; Ex 2,23; 3,7-9; 22,20-26; Is 5,7; 10,1-4; Jr 5,26-29; 23,1-8; Hab
2,6-14 y tantos otros textos); pero más claro y firme nos lo dicen los
Sabios y Orantes: Dios "no olvida el grito de los desdichados... No queda
olvidado el pobre eternamente / no se pierde para siempre la esperanza de
los desdichados. El deseo de los humillados escuchas Tú, Yahveh / su
corazón confortas, alargas tus oídos / para hacer Justicia al huérfano, al
vejado!" (Sal 9,13.19; 10,17-18) Si la autoridad, llamada a realizar en la
historia esa justicia (Sal 72 y 101), no la cumple, el hombre justo saldrá
siempre por ella (Sal 119,121ss; Prv 14,31; 21,3; 24,11). Queda bien claro
que el Dios revelado a lo largo y ancho del Antiguo Testamento es un Dios
solidario con el dolor del pobre y oprimido, y un Dios que llama a
solidarizarse con su deseo de liberación. Lo que no va a entender
fácilmente el justo sabio, ni el orante sediento de justicia, es el porqué
del sufrimiento injusto; y que la solidaridad con el pobre y la sed de
justicia le acarreen inevitables conflictos y dolores o hasta la misma
muerte . Si Is 52,13-53,12 levantan la punta de ese misterio, el libro
entero de Job nos grita su impaciencia (leer al menos Job 31,1-40) y el
Sal 22 nos muestra la hondura del conflicto y de la queja orante:"Dios
mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?".
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