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Tal vez uno de los textos más impresionantes, especialmente para los que
nos acercamos demasiado obviamente a Dios en la oración y el culto, sea el
de Eclo 34,18-26 y 35,11-24 cuya primera parte motivó la "conversión" de
Fray Bartolomé de Las Casas y cuya segunda sección resume muy bien en
aquella hermosa frase sobre el Dios "que del más chequito e del más
olvidado tiene Él la memoria muy reciente e muy viva."(Carta al Consejo de
Indias, desde Haití, el 20 de enero de 1531. BAE,110, p.44,b). La lucha
por la Justicia y los Derechos de los oprimidos tiene hondas raíces
bíblicas y tuvo buenos inicios en lo mejor de nuestra iglesia fundante,
obra abrumadoramente de religiosos y laicos misioneros. Esta tarea no es
libre, si vamos a ser fieles al Dios de la revelación bíblica; pues "la
cuestión no está en si alguien busca a Dios o no, sino en si lo busca
donde Él dijo que estaba" (J.Porfirio Miranda). Pero, naturalmente,
nuestros padres en la fe, bebieron más aún de la revelación de Dios
aparecida en Jesús de Nazaret, inserto entre los pobres desde Belén, y
solidariamente clavado con todos los crucificados de la historia en la
hora decisiva de su paso al Padre. Todo cristiano verdadero tendrá que
repetir con Pablo que "no quiere saber sino a Jesucristo y éste
Crucificado" (1 Co 2,2). ¡No hay otro!
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