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Estrechamente unido a los dos rasgos anteriores está otra práctica de
Jesús que la visión cristiana "religiosa" y devota tiende a edulcorar,
cuando no a omitir completamente. Jesús es también un profeta denunciador
de todos los opresores del pueblo; y en definitiva, si murió crucificado,
fué también y primordialmente por esta su función crítica, que socababa
las bases del sistema social imperante. Marcos nos lo presenta ya desde el
principio de su actividad pública enzarzado en mortal disputa con las
autoridades judías que moldeaban la conciencia de marginación del pueblo e
impedían su apertura a la liberación (Mc 2,1-3,6); y cierra su actuación
histórica en el Templo de Jerusalén en desafío a las autoridades más altas
de su nación, que, como nos dice más claramente Juan, deciden deshacerse
de él para mantener el sistema vigente: "Ustedes no entienden nada; ni
calculan que antes que perezca la nación entera conviene que uno muera por
el pueblo" (Mc 11,1-12,44 y Jn 11,45-54).
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