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Junto a esa nueva imagen de Dios, Jesús muestra también otra figura del
poder: no se trata de dominar a los demás -y encima hacerse llamar
benefactor-, sino de poner las capacidades propias al servicio de los
demás, especialmente de los más pequeños, que puede llevar incluso a dar
la vida, como suprema muestra de amor (Mc 8,34-38; 10,35-45; 14,22-25; Mt
18,1-14; Lc 22,24-27; Jn 3,14-17; 10,10-18; 13,1-17, 15,9-17). Aquí hay
una lectura postpascual de lo que significó de veras Jesús para los
discípulos, y de lo que ellos mismos experimentaron como don y fuerza del
Espíritu del Resucitado; pero está apoyada en la visión más honda que
logran tras la pascua de lo que fue la vida entregada de Jesús como fuente
de vida para los demás. Un poder que se use como dominio y explotación de
unos hombres por otros, y pretenda defender incluso inquisiciones y
conquistas en nombre de Dios, no tiene que ver con el Dios que se nos
acercó en Jesús; su Reino no es de este mundo, no tiene la figura que el
poder suele tomar en nuestra historia de verdugos y víctimas.
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