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Porque eso es en definitiva la obra de su gracia en nosotros: hacernos
afines a Dios, constituirnos sus hijos adoptivos, sus herederos y
colaboradores en la construcción del Reino dentro de los avatares de este
mundo siempre dominado por el poder del Antirreino, y siempre también
definitivamente vencido ya por el Amor de Dios, "más fuerte que la muerte"
y más sobreabundante que todos los pecados (Ct 8,6; Rm 5,15-19; 11,32; 1 J
4,10-18; 1 Pe 4,8). Si siempre la caridad ha tenido una dimensión social,
humanizante del hombre y de su actividad, hoy día más claramente se exige
esta dimensión política del amor, esta "macrocaridad", esta búsqueda de
las causas sociopolíticas del hambre y la violencia que se abaten sobre
las mayorías pobres de nuestro mundo, y esta lucha solidaria por
erradicarlas. Esta es la tarea a la que los cristianos está llamada en
esta hora a realizar, en pro de los Derechos humanos de los pobres, en
búsqueda de la Paz, fruto de la Justicia, paso primero y previo del Amor.
Lo que hayamos sembrado de amor en esta vida, será lo que Dios vivificará
para siempre. "Al final del camino me dirán:/ ¿Has vivido? ¿Has amado?/ Y
yo, sin decir nada/ abriré el corazón lleno de nombres" (P. Casaldáliga).
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