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Sin entrar en el misterio teologal del sufrimiento en su relación con
Dios, lo cierto para nosotros cristianos, es su presencia abrumadora en
nuestros hermanos pobres y marginados, mayorías de nuestras barriadas y
campos. Y ello como signo mayor de que este mundo no es la Creación tal
como Dios la quiere, no es el Reinado de Dios en nuestra historia. Además
de indicarnos la tarea de luchar contra la pobreza y la injusticia que la
mantiene y acrecienta, la revelación de Dios en Jesús nos señala su
identificación misteriosa con las víctimas, su presencia oculta en los
rostros de los pobres y pequeños, en todos los crucificados de la
historia. Si la lucha por su causa nos comporta identificación con su
misma pobreza y sus cruces, más que un fracaso histórico, estamos ante una
señal privilegiada de fidelidad al Dios que nos mostró su rostro en
Jesucristo, pobre solidario, profeta liberador y Crucificado resucitado.
Es en virtud de esta Resurrección, de la presencia continuada de la luz y
la fuerza del Espíritu de Jesús en nuestra historia, por la que el Amor
que se manifestó en plenitud humana en Jesús se nos ha hecho accesible,
nos libra del temor, nos hace capaces de dar vida y dar la vida como él.
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