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Debemos estar claros desde el principio de que la fe cristiana y la
actuación de la Iglesia siempre han tenido repercusiones socio-políticas.
Por acción o por omisión, por la connivencia con uno u otro grupo social
los cristianos siempre han influido en la configuración socio-política del
mundo en que viven. El problema es cómo debe ser el influjo en el mundo
socio-político para que ese influjo sea verdaderamente según la fe.
Como primera idea, aunque todavía muy general, quiero avanzar la intuición
del Concilio Vaticano II que está a la base de todo el movimiento eclesial
en la actualidad. La esencia de la Iglesia está en su misión de servicio
al mundo, en su misión de salvarlo en totalidad, y de salvarlo en la
historia, aquí y ahora. La Iglesia está para solidarizarse con las
esperanzas y gozos, con las angustias y tristezas de los hombres. La
Iglesia es, como Jesús. para "evangelizar a los pobres y levantar a los
oprimidos, para buscar y salvar lo que estaba perdido" (LG 8).
El mundo de los pobres
Todos Vds. conocen estas palabras del Concilio. Varios de sus obispos y
teólogos ayudaron mucho en los años sesenta para presentar de esta forma
la esencia y misión de la Iglesia. Mi aporte consistirá en poner carne
concreta a esas hermosas declaraciones desde la propia situación de un
pequeño país latinoamericano, típico de lo que hoy se llama el Tercer
Mundo. Y para decirlo de una vez y en una palabra que resume y concretiza
todo, el mundo al que debe servir la Iglesia es para nosotros el mundo de
los pobres.
Nuestro mundo salvadoreño no es una abstracción, no es un caso más de lo
que se entiende por "mundo" en países desarrollados como el de Vds. Es un
mundo que en su inmensa mayoría esta formado por hombres y mujeres pobres
y oprimidos. Y de ese mundo de los pobres decimos que es la clave para
comprender la fe cristiana, la actuación de la Iglesia y la dimensión
política de esa fe y de esa actuación eclesial. Los pobres son los que nos
dicen qué es el mundo y cuál es el servicio eclesial al mundo. Los pobres
son los que nos dicen qué es la "polis", la ciudad y qué significa para la
Iglesia vivir realmente en el mundo.
Permítanme que desde los pobres de mi pueblo, a quienes represento,
explique entonces brevemente la situación y actuación de nuestra Iglesia
en el mundo en que vivimos, y reflexionar después desde la teología, sobre
la importancia que ese mundo real, cultural y sociopolítico, tiene para la
propia fe de la Iglesia.
1. Actuación de la Iglesia de la arquidiócesis de San Salvador
En los últimos años nuestra Arquidiócesis ha ido tomando una dirección en
su actuación pastoral que sólo se puede describir y comprender como una
vuelta al mundo de los pobres y a su mundo real y concreto.
a) Encarnación en el mundo de los pobres
Como en otros lugares de América Latina después de muchos años y quizás
siglos han resonado entre nosotros las palabras del Exodo:
"He oído el clamor de mi pueblo, he visto la opresión con que le oprimen"
(Ex 3,9). Estas palabras de la Escritura nos han dado nuevos ojos para ver
lo que siempre ha estado entre nosotros, pero tantas veces oculto, aun
para la mirada de la misma Iglesia. Hemos aprendido a ver cuál es el hecho
primordial de nuestro mundo y lo hemos juzgado como pastores en Medellín y
Puebla. "Esa miseria, como hecho colectivo, es una injusticia que clama al
cielo " (Medellín, Justicia, n. 1). Y en Puebla declaramos "como el más
devastador y humillante flagelo, la situación de inhumana pobreza en que
viven millones de latinoamericanos expresada por ejemplo en salarios de
hambre, el desempleo y subempleo, desnutrición, mortalidad infantil, falta
de vivienda adecuada, problemas de salud, inestabilidad laboral" (n. 29).
El constatar estas realidades y dejarnos impactar por ellas, lejos de
apartarnos de nuestra fe, nos ha remitido al mundo de los pobres como a
nuestro verdadero lugar, nos ha movido como primer paso fundamental a
encarnarnos en el mundo de los pobres. En él hemos encontrado los rostros
concretos de los pobres de que nos habla Puebla. (cfr. 31 -39). Ahí hemos
encontrado a los campesinos sin tierra y sin trabajo estable, sin agua ni
luz en sus pobres viviendas, sin asistencia médica cuando las madres dan a
luz y sin escuelas cuando los niños empiezan a crecer. Ahí nos hemos
encontrado con los obreros sin derechos laborales, despedidos de las
fábricas cuando los reclaman y a merced de los fríos cálculos de la
economía. Ahí nos hemos encontrado con madres y esposas de desaparecidos y
presos políticos Ahí nos hemos encontrado con los habitantes de tugurios,
cuya miseria supera toda imaginación y viviendo el insulto permanente de
las mansiones cercanas.
En ese mundo sin rostro humano, sacramento actual del Siervo Sufriente de
Yahvé, ha procurado encarnarse la Iglesia de mi Arquidiócesis. No digo
esto con espíritu triunfalista, pues bien conozco lo mucho que todavía nos
falta que avanzar en esa encarnación. Pero lo digo con inmenso gozo, pues
hemos hecho el esfuerzo de no pasar de largo, de no dar un rodeo ante el
herido en el camino sino de acercarnos a él como el buen samaritano.
Este acercamiento al mundo de los pobres es lo que entendemos a la vez
como encarnación y como conversión. Los necesarios cambios al interior de
la Iglesia, en la pastoral, en la educación, en la vida religiosa y
sacerdotal, en los movimientos laicales, que no habíamos logrado al mirar
sólo el interior de la Iglesia, lo estamos consiguiendo ahora al volvernos
al mundo de los pobres.
b) El anuncio de la Buena Nueva a los pobres
Este encuentro con los pobres nos ha hecho nos ha hecho recobrar la verdad
central del evangelio con que la palabra de Dios nos urge a conversión.
La Iglesia tiene una buena nueva que anunciar a los pobres. Aquellos que
secularmente han escuchado malas noticias y han vivido peores realidades,
están escuchando ahora a través de la Iglesia la palabra de Jesús: "El
reino de Dios se acerca", "dichosos ustedes los pobres porque de ustedes
es el reino de Dios". Y desde allí tiene también una Buena Nueva que
anunciar a los ricos, que se conviertan al pobre para compartir con él los
Bienes del Reino. Para quien conozca nuestro continente latinoamericano
será muy claro que no hay ingenuidad en estas palabras ni menos aún opio
adormecedor. Lo que hay en estas palabras es la coincidencia del anhelo de
liberación de nuestro continente y la oferta del amor de Dios a los
pobres. Es la esperanza que ofrece la Iglesia y que coincide con la
esperanza a veces adormecida y tantas veces manipulada y frustrada, de los
pobres del continente.
Es una verdad en nuestro pueblo que los pobres vean hoy en la Iglesia una
fuente de esperanza y un apoyo a su noble lucha de liberación. La
esperanza que fomenta la Iglesia no es ingenua ni pasiva. Es más bien un
llamado desde la palabra de Dios a la propia responsabilidad de las
mayorías pobres, a su concientización, a su organización en un país en
que, unas veces con más intensidad que otras, está legal o prácticamente
prohibida. Y es un respaldo, a veces también crítico, a sus justas causas
y reivindicaciones.
La esperanza que predicamos a los pobres es para devolverles su dignidad y
para animarles a que ellos mismos sean autores do su propio destino. En
una palabra, la Iglesia no sólo se ha vuelto hacia el pobre sino que hace
de él el destinatario privilegiado de su misión porque como dice Puebla"Dios toma su defensa y los ama (n. 1142).
c) Compromiso en la defensa de los pobres
La Iglesia no sólo se ha encarnado en el mundo de los pobres y les da una
esperanza, sino que se ha comprometido firmemente en su defensa. Las
mayorías pobres de nuestra país son oprimidas y reprimidas cotidianamente
por las estructuras económicas y políticas de nuestro país. Entre nosotros
siguen siendo verdad las terribles palabras de los profetas de Israel.
Existen entre nosotros los que venden el justo por dinero y al pobre por
un par de sandalias; los que amontonan violencia y despojo en sus
palacios; los que aplastan a los pobres; los que hacen que se acerque un
reino de violencia, acostados en camas de marfil; los que juntan casa con
casa y anexionan campo a campo hasta ocupar todo el sitio y quedarse solos
en el país.
Estos textos de los profetas Amós e Isaías no son voces lejanas de hace
muchos siglos, no son sólo textos que leemos reverentemente en la
liturgia. Son realidades cotidianas, cuya crueldad e intensidad vivimos a
diario. La vivimos cuando llegan a nosotros madres y esposas de capturados
y desaparecidos, cuando aparecen cadáveres desfigurados en cementerios
clandestinos, cuando son asesinados aquellos que luchan por la justicia y
por la paz. En nuestra Arquidiócesis vivimos a diario lo que denunció
vigorosamente Puebla: "Angustias por la represión sistemática o selectiva,
acompañada de delación, violación de la privacidad, apremios
desproporcionados, torturas, exilios. Angustias de tantas familias por la
desaparición de sus seres queridos de quienes no pueden tener noticia
alguna. Inseguridad total por detenciones sin órdenes judiciales.
Angustias ante un ejercicio de la justicia sometida o atada"(n. 42).
En esta situación conflictiva y antagónica, en que unos pocos controlan el
poder económico y político la Iglesia se ha puesto del lado de los pobres
y ha asumido su defensa. No puede ser de otra manera, pues recuerda a
aquel Jesús que se compadecía de las muchedumbres. Por defender al pobre
ha entrado en grave conflicto con los poderosos de las oligarquías
económicas y los poderes políticos y militares del estado.
d) Perseguida por servir a los pobres
Esta defensa de los pobres en un mundo seriamente conflictivo ha
ocasionado algo nuevo en la historia reciente de nuestra Iglesia: la
persecución. Vds. conocerán los datos más importantes. En menos de tres
años más de cincuenta sacerdotes han sido atacados, amenazados y
calumniados. Seis de ellos son mártires, muriendo asesinados; varios han
sido torturados y otros expulsados. También las religiosas han sido objeto
de persecución. La emisora del Arzobispado, instituciones educativas
católicas y de inspiración cristiana ha sido constantemente atacadas,
amenazadas intimidadas con bombas. Varios conventos parroquiales han sido
cateados.
Si esto se ha hecho con los representantes más visibles de la Iglesia
comprenderán ustedes lo que ha ocurrido al pueblo sencillo cristiano, a
los campesinos, sus catequistas delegados de la palabra, a las comunidades
eclesiales de base. Ahí los amenazados, capturados, torturados y
asesinados se cuentan por centenares y miles. Como siempre también en la
persecución ha sido el pueblo pobre cristiano el más perseguido.
Es, pues, un hecho claro que nuestra Iglesia ha sido perseguida en los
tres últimos años. Pero lo más importante es observar por qué ha sido
perseguida. No se ha perseguido cualquier sacerdote ni atacado a cualquier
institución. Se ha perseguido y atacado aquella parte de la Iglesia que se
ha puesto de lado del pueblo pobre y ha salido en su defensa. Y de nuevo
encontramos aquí la clave para comprender la persecución a la Iglesia: los
pobres. De nuevo son los pobres lo que nos hacen comprender lo que
realmente ha ocurrido. Y por ello la Iglesia ha entendido la persecución
desde los pobres. La persecución ha sido ocasionada por la defensa de los
pobres y no es otra cosa que cargar con el destino de los pobres.
La verdadera persecución se ha dirigido al pueblo pobre, que es hoy el
cuerpo de Cristo en la historia. Ellos son el pueblo crucificado, como
Jesús, el pueblo perseguido como el Siervo de Yahvé. Ellos son los que
completan en su cuerpo lo que falta a la pasión de Cristo. Y por esa
razón, cuando la Iglesia se ha organizado y unificado recogiendo las
esperanzas y las angustias de los pobres, ha corrido la misma suerte de
Jesús y de los pobres: la persecución.
e) Esta es la dimensión política de la fe
Esta es en breves rasgos la situación y actuación de la Iglesia en El
Salvador. La dimensión política de la fe no es otra cosa que la respuesta
de la Iglesia a las exigencias del mundo real socio-político en que vive
la Iglesia. Lo que hemos redescubierto es que esa exigencia es primaria
para la fe y que la Iglesia no puede desentenderse de ella. No se trate de
que la Iglesia se considere a sí misma como institución política que entra
en competencia con otras instancias políticas, ni que posea unos
mecanismos políticos propios; ni mucho menos se trata de que nuestra
Iglesia desee un liderazgo político. Se trata de algo más profundo y
evangélico; se trata de la verdadera opción por los pobres, de encarnarse
en su mundo, de anunciarles una buena noticia, de darles una esperanza, de
animarles a una praxis liberadora, de defender su causa y de participar en
su destino. Esta opción de la Iglesia por los pobres es la que explica la
dimensión política de su fe en sus raíces y rasgos más fundamentales.
Porque ha optado por los pobres reales y no ficticios, porque ha optado
por los realmente oprimidos y reprimidos, la Iglesia vive en el mundo de
lo político y se realiza como Iglesia también a través de lo político. No
puede ser de otra manera si es que, como Jesús, se dirige a los pobres...
2. Historización de la fe desde el mundo de los pobres
La actuación descrita de la Arquidiócesis ha partido claramente de la
convicción de fe. La trascendencia del evangelio nos ha guiado en nuestro
juicio y actuación. Desde la fe hemos juzgado de las situaciones sociales
y políticas. Pero por otra parte es también verdad que precisamente en ese
proceso de tomar postura ante la realidad socio-política tal cual es, la
misma fe se ha ido profundizando, el mismo evangelio ha ido mostrando su
riqueza. Sólo quisiera hacer ahora unas breves reflexiones sobre algunos
puntos fundamentales de la fe que se han visto enriquecidos por esta
encarnación real en el mundo socio-político.
a) Conciencia más clara del pecado
En primer lugar ahora sabemos mejor lo que es el pecado. Sabemos que la
ofensa a Dios es la muerte del hombre. Sabemos que el pecado es
verdaderamente mortal; pero no sólo por la muerte interna de quien lo
comete, sino por la muerte real y objetiva que produce. Recordamos de esa
forma el dato profundo de nuestra fe cristiana. Pecado es aquello que dio
muerte al Hijo de Dios, y pecado sigue siendo aquello que da muerte a los
hijos de Dios.
Esa fundamental verdad de la fe cristiana la vemos a diario en las
situaciones de nuestro país. No se puede ofender a Dios sin ofender al
hermano. Y la peor ofensa a Dios, el peor de los secularismos es, como ha
dicho uno de nuestros teólogos: " el convertir a los hijos de Dios, a los
templos del Espíritu Santo, al Cuerpo histórico de Cristo en víctimas de
la opresión y de la injusticia, en esclavos de apetencias económicas, en
piltrafas de la represión política; el peor de los secularismos es la
negación de la gracia por el pecado, es la objetivización de este mundo
como presencia operante de los poderes del mal, como presencia visible de
la negación de Dios". (P. Ellacuría, Eca n. 353, p. 123).
No es por ello pura rutina que repitamos una vez mis la existencia de
estructuras de pecado en nuestro país. Son pecado porque producen los
frutos del pecado: la muerte de los salvadoreños, la muerte rápida de la
represión o la muerte lenta, pero no menos real, de la opresión
estructural. Por ello hemos denunciado la idolatrización que se hace en
nuestro país de la riqueza, de la propiedad privada absolutizada en el
sistema capitalista, del poder político en los regímenes de seguridad
nacional en cuyo nombre se institucionaliza la inseguridad de los
individuos (IV Carta Pastoral, nn. 43 - 48).
Por trágico que parezca, la Iglesia ha aprendido en su inserción en el
mundo real socio-político a conocer y profundizar en la esencia del
pecado. En ese mundo se desvela la más profunda esencia del pecado como la
muerte de los salvadoreños.
b) Mayor claridad sobre la encarnación y la redención
En segundo lugar sabemos ahora mejor qué significa la encarnación, qué
significa que y Jesús tomó carne realmente humana y que se hizo solidario
de sus hermanos en el sufrimiento, en los llantos y quejidos, en la
entrega. Sabemos que no se trata directamente de una encarnación
universal, que es imposible, sino de una encarnación preferencial y
parcial; una encarnación en el mundo de los pobres. Desde ellos podrá la
Iglesia ser para todos, podrá también prestar un servicio a los poderosos
a través de una pastoral de conversión; pero no a la inversa, como tantas
veces ha ocurrido.
El mundo de los pobres con característcas sociales y políticas bien
concretas, nos enseña dónde debe encarnarse la Iglesia para evitar la
falsa universalización que termina siempre en connivencia con los
poderosos. El mundo de los pobres nos enseña cómo ha de ser el amor
cristiano, que busca ciertamente la paz, pero desenmascara el falso
pacifismo, la resignación y la inactividad; que debe ser ciertamente
gratuito pero debe buscar la eficacia histórica. El mundo de los pobres
nos enseña que la sublimidad del amor cristiano debe pasar por la
imperante necesidad de la justicia para las mayorías y no debe rehuir la
lucha honrada. El mundo de los pobres nos enseña que la liberación llegará
no sólo cuando los pobres sean puros destinatarios de los beneficios de
gobiernos o de la misma Iglesia, sino actores y protagonistas ellos mismos
de su lucha y de su liberación desenmascarando así la raíz última de
falsos paternalismos aun eclesiales.
Y también el mundo real de los pobres nos enseña de qué se trata en la
esperanza cristiana. La Iglesia predica el nuevo cielo y la nueva tierra;
sabe además que ninguna configuración socio-política se puede intercambiar
con la plenitud final que Dios concede. Pero ha aprendido también que la
esperanza trascendente debe mantenerse con los signos de esperanza
histórica, aunque sean signos aparentemente tan sencillos como los que
proclama el tercer Isaías cuando dice que "construirán su casa y que la
habitarán, plantarán viñas y comerán de sus frutos" (Is 65, 21). Que en
esto haya una auténtica esperanza cristiana, que no se esté rebajando la
esperanza a lo temporal y humano, como se dice a veces despreciativamente,
se aprende en el contacto cotidiano de quienes no tienen casa ni viña, de
quienes construyeron para que otros habiten y trabajan para que otros
coman los frutos.
c) Fe más profunda en Dios y en su Cristo
En tercer lugar la encarnación en lo socio político es el lugar de
profundizar en la fe en Dios y su Cristo. Creemos en Jesús que vino a
traer vida en plenitud y creemos en un Dios viviente que da vida a los
hombres y quiere que los hombres vivan en verdad. Estas radicales verdades
de la fe se hacen realmente verdades y verdades radicales cuando la
Iglesia se inserta en medio de la vida y de la muerte de su pueblo. Ahí se
le presenta a la Iglesia, como a todo hombre, la opción más fundamental
para su fe: estar en favor de la vida o de la muerte. Con gran claridad
vemos que en esto no hay posible neutralidad. 0 servimos a la vida de los
salvadoreños o somos cómplices de su muerte. Y aquí se da la mediación
histórica de lo más fundamental de la fe: o creemos en un Dios de vida o
servimos a los falsos de la muerte.
En nombre de Jesús queremos y trabajamos naturalmente para una vida en
plenitud que no se agota en la satisfacción de las necesidades materiales
primarias ni se reduce al ámbito de lo socio-político . Sabemos muy bien
que la plenitud de vida se realiza históricamente en el honrado servicio a
ese reino y en la entrega total al Padre. Pero vemos con igual claridad
que en nombre de Jesús sería una pura ilusión, una ironía y, en el fondo,
la más profunda blasfemia, olvidar e ignorar los niveles primarios de la
vida, la vida que comienza con el pan, el techo, el trabajo.
Creemos con el apóstol Juan que Jesús es "la palabra de la Vida". (1 Jn
1,1) y que donde hay Vida ahí se manifiesta Dios. Donde el pobre comienza
a vivir, donde el pobre comienza a liberarse, donde los hombres son
capaces de sentarse alrededor de una mesa común para compartir, allí está
el Dios de vida. Por ello cuando la Iglesia se inserta en el mundo
socio-político para cooperar a que de é surja vida para los pobres no está
alejándose de su misión ni haciendo algo subsidiario, sino que está dando
testimonio de su fe en Dios, está siendo instrumento del Espíritu, Señor y
dador de vida.
Esta fe en el Dios es lo que explica lo más profundo del misterio
cristiano. Para dar vida a los pobres hay que dar de la propia vida y aún
la propia vida. La mayor muestra de la fe en un Dios de vida es el
testimonio de quien está dispuesto a dar su vida. "Nadie tiene mayor amor
que el que da la vida por el hermano" (Jn 15,13). Y esto es lo que vemos a
diario en nuestro país.
Muchos salvadoreños y muchos cristianos están dispuestas a dar su vida
para que haya vida para los pobres. Ahí están siguiendo a Jesús y
mostrando su fe en él. Insertos como Jesús en el mundo real, amenazados y
acusados como él, dando la vida como él están testimoniando la Palabra de
la Vida.
Nuestra historia es, pues, antigua. Es la historia de Jesús que intentamos
proseguir modestamente. Como Iglesia no somos expertos en política ni
queremos manejar la política desde sus mecanismos propios. Pero la
inserción en el mundo socio-político, en el mundo en que se juega la vida
y la muerte de las mayorías, es necesaria y urgente para que podamos
mantener de verdad y no sólo de palabra la fe en un Dios de vida y el
seguimiento de Jesús.
Conclusión: Opción por los pobres: orientación de nuestra fe en medio de
la política
Para terminar quisiera resumir lo central de lo expuesto hasta ahora. En
la vida eclesial de nuestra Arquidiócesis la dimensión política de la fe,
o si se quiere, la relación ente fe y política, no se ha ido descubriendo
a partir de reflexiones puramente teóricas y previas a la misma vida
eclesial. Naturalmente que tales reflexiones son importantes, pero no
decisivas. Estas reflexiones se hacen importantes y decisivas cuando
recogen de verdad la vida real de la Iglesia. Hoy, el honor de expresar en
este ambiente universitario mi experiencia pastoral me ha obligado a hacer
esta reflexión teológica. La dimensión política de la fe se descubre y se
la descubre correctamente más bien en una práctica concreta al servicio de
los pobres. En esa práctica se descubre su mutua relación y su
diferenciación. La fe es la que impulsa en un primer momento a encarnarse
en el mundo socio-político de los pobres y a animar los procesos
liberadores, que son también socio-políticos. Y esa encarnación y esa
praxis a su vez concretizan los elementos fundamentales de la fe.
En lo que hemos expuesto aquí hemos delineado sólo los grandes rasgos de
ese doble movimiento. Quedan naturalmente muchos temas por tratar. Se
podría haber hablado de la relación de la fe con las ideologías políticas,
en concreto con el marxismo. Se podría haber mencionado el tema candente
entre nosotros de la violencia y su legitimidad. Esos tomas son objeto
constante de reflexión ente nosotros, y los enfrentamos en la medida en
que se van haciendo problemas reales, y aprendemos a dar una solución
dentro del mismo proceso.
En el breve tiempo que me ha tocado estar dirigiendo la Arquidiócesis han
pasado ya cuatro gobiernos diferentes con diversos proyectos políticos.
También las otras fuerzas políticas, revolucionarias y democráticas han
crecido y evolucionado en estos años. La Iglesia por lo tanto ha tenido
que ir juzgando de lo político desde dentro de un proceso cambiante. En el
momento actual el panorama es ambiguo, pues por una parte están fracasando
todos los proyectos provenientes del Gobierno. mientras Que está creciendo
la posibilidad de una liberación popular.
Pero en lugar de detallarles todos los vaivenes de la política en mi país
he preferido explicarles las raíces profundas de la actuación de la
Iglesia en este mundo explosivo de lo socio-político. Y he pretendido
esclarecerles el último criterio, que es teológico e histórico, para la
actuación de la Iglesia en este campo: el mundo de los pobres. Según les
vaya a ellos, al pueblo pobre, la Iglesia irá apoyando desde su
especificidad uno u otro proyecto político.
Creemos que ésta es la forma de mantener la identidad y la misma
trascendencia de la Iglesia. Insertarnos en el proceso socio-político real
de nuestro pueblo, juzgar de él desde el pueblo pobre e impulsar todos los
movimientos de liberación que conduzcan realmente a la justicia de las
mayorías y a la paz para las mayorías. Y creemos que ésta es la forma de
mantener la trascendencia e identidad de la Iglesia porque de esta forma
mantenemos la fe en Dios.
Los antiguos cristianos decían: "Gloria Dei, vivens homo", (la gloria de
Dios es el hombre que viva). Nosotros podríamos concretar esto diciendo:"Gloria Dei, vivens pauper". (La gloria de Dios es el pobre que viva).
Creemos que desde la trascendencia del evangelio podemos juzgar en qué
consiste en verdad la vida de los pobres; y creemos también que poniéndose
del lado del pobre e intentando darle vida sabremos en qué consiste, la
eterna verdad del evangelio.
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