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Hay un campo previo a la reflexión propiamente teológica que es el de las
llamadas mediaciones socioanalíticas. A veces, nuestras opiniones
socioanalíticas actúan como mediaciones ocultas -incluso inconscientes-
que nos impiden una correcta articulación entre pobreza y evangelización,
con evidente perjuicio para ésta. Queremos destacar dos de las
dificultades más comunes actualmente en este campo, no siempre tematizadas
en la evangelización: la conceptuación misma de la pobreza y nuestras
ideas respecto a la posibilidad de su erradicación.
1. ¿Una nueva conceptuación de la pobreza?
Las transformaciones de la estructura productiva que se han dado en estosúltimos tiempos por obra de los avances tecnológicos e informáticos, así
como por la creciente importancia del capital financiero especulativo en
la creación de la riqueza, parecerían postular una revisión del concepto
mismo de pobreza.
Para algunos economistas -y hasta para algunos teólogos2 - hoy sería sobre
todo la tecnología quien crea riqueza, pues la mano de obra ya no es tan
necesaria (por la automatización y robotización) y las materias primas son
sustituidas por productos sintéticos... Estas ventajas comparativas
clásicas de los países pobres perdieron su valor; el primer mundo ya no
necesita explotar -ni siquiera como cliente- al tercero; de éste ahora,
sencillamente, se prescinde, es tenido por sobrante, y queda excluido3 .
Según esta visión la pobreza ya no sería el fruto del empobrecimiento
activo que los poderosos ejercen sobre los pobres, sino una simple
fatalidad de los éstos, abandonados a sí mismos y responsables ya únicos
de su propia pobreza. La «explotación» -la plusvalía obtenida sobre el
trabajo humano- cede paso a la exclusión y pasaría a ser un concepto
obsoleto, sin base real en la actual fase del proceso productivo.
Esto que parecería una simple constatación de los hechos socioeconómicos,
encierra consecuencias muy serias, a dos niveles:
a) Socioanalíticamente, la pobreza dejaría de ser imputable a la riqueza
para convertirse en una realidad autónoma. Pobreza y riqueza ya no
tendrían entre sí relación causal (hay pobres «porque» hay ricos) sino
casual (hay pobres «y» ricos), de simple yuxtaposición inocente. La
pobreza y la miseria no serían ya la prueba de la maldad e insuficiencia
radical del sistema, sino un subproducto necesario, inevitable, del que no
brotaría por tanto ningún imperativo de transformación del sistema.
Llegaríamos así a una nueva edición -corregida y profundizada- del
análisis funcionalista de la realidad.
b) Desde una perspectiva ético-moral, la riqueza no sería ya culpable de
la pobreza; ésta, a su vez, no sería en sí misma algo malo, sino una
especie de fenómeno cuasinatural, no imputable a la voluntad humana,
inocente, incluso permitido/querido por Dios... Pobreza y miseria serían
objeto propio de la caridad, no de la justicia; no un desafío de justicia,
sino una invitación a la beneficencia. Por ello mismo la erradicación de
la pobreza sería un compromiso cristiano lateral, una obra de misericordia
sin relación directa esencial a lo central humano y cristiano.
No cabe duda de que esta reconceptuación de la pobreza es funcional al
sistema neoliberal por cuanto lo excusa de lo que histórica y actualmente
es su efecto más clamoroso, el agravamiento de la pobreza en el mundo.
Desde esta perspectiva la superación del sistema queda fuera de
consideración; se trataría, simplemente, de introducir algunas mejoras o
reformas, que de hecho vendrían a consolidarlo.
2. ¿Es posible la erradicación de la pobreza?
La nueva dogmática económica habla del desempleo como una crisis mundial
de largo plazo, estructural, con la que nos hemos de acostumbrar a
convivir, sin solución. La dinámica interna de los mercados lleva por sí
misma a la concentración de la riqueza y a la exclusión de los débiles y
pequeños, y no sería posible alterar esta dinámica, se dice. Lo que hay
que hacer es acomodarse al mercado: ajustar la población del mundo a las
posibilidades que el mercado da y eliminar la población sobrante...
La erradicación de la pobreza -en esta visión- no sería siquiera
planteable. Los intentos por solucionar la pobreza ya se hicieron en las
décadas pasadas y fracasaron -se dice-; hemos llegado al «final de la
historia», y ya no hay que esperar sino «más de lo mismo»: capitalismo
puro y duro, neoliberalismo triunfante. Fuera del mercado no hay
salvación.
Son muchos los cristianos -también pastores- que en el fondo de sí mismos
están convencidos de estas afirmaciones que el sistema quiere inculcarnos
como convicciones. Muchos evangelizadores han introyectado la visión del
sistema, incluso sin ser conscientes de ello. Muchos de los
evangelizadores que leerán estas líneas están convencidos de que la
pobreza no es tan mala como la han pintado quizá los teólogos de la
liberación, y de que, efectivamente, no hay otra salida que la del actual
sistema neoliberal: los intentos de los pobres ya fracasaron (incluso
pensarán que «fracasaron por sí mismos», no que fueron aplastados en
muchos casos). Ya no se atreverán a un discurso más radical sobre la
pobreza porque, la pobreza «es una realidad tan compleja...». Hay teólogos
que ya no dicen sobre la opción por los pobres la mitad de lo que decían
hace diez años; impresionados por el «triunfo» del sistema, ya no están
convencidos de que el mundo pueda cambiar, y la inviabilidad de un cambio
-según les parece- deslegitima a la teología que lo reclama. Al quebrarse
la posibilidad de la mediación socioecomómica que en las décadas pasadas
orientaba las luchas de los pobres, perdieron también la pasión por la
utopía a la que ella encaminaba, y se han quedado sin mediación y sin
utopía.
3. Discernimiento socioanalítico
Pensar hoy que los avances de la tecnología permiten eximir a la riqueza
de una relación causal con la pobreza es un espejismo acrítico. Significa
ignorar que aparte de los procesos productivos creadores de riqueza, hay
unas estructuras internacionales que vehiculan la explotación
internacional por unos mecanismos que van más allá de los procesos
productivos. El tercer mundo sigue financiando al primero. América Latina,
por ejemplo, sigue siendo «exportadora neta de capital», por el servicio
de los intereses de la deuda externa, por el deterioro de los términos de
intercambio comerciales, por la fuga de capitales, por el mismo mercado
libre que destruye las industrias de los pobres y los convierte en
mercado cautivo de los países ricos aun en los artículos más elementales.
Junto a esto está el argumento histórico de la «acumulación primitiva»: la
secular opresión histórica que está a la base de las diferencias
económicas, productivas, educacionales... entre los países ricos y pobres
nunca podría ser ignorada con el argumento de que hoy, supuestamente, ya
no habría una relación real de explotación sino de sólo exclusión entre
ricos y pobres. Aunque no la hubiera -que la hay-, la explotación
histórica secular nos seguiría vinculando a unos y otros secularmente,
aunque no hubiera otros motivos -que también los hay-. Los efectos y las
responsabilidades de largos siglos de explotación colonial y neocolonial
no pueden darse por cancelados el día en que, precisamente como fruto de
toda esa historia secular, ya se dispone de medios tecnológicos que hagan
innecesarios los bienes que durante tanto tiempo constituyeron la causa
misma de la explotación de los pobres.
Las relaciones entre pobreza y riqueza siguen siendo hoy fundamentalmente
causales, por muy seductor que resulte el espejismo autojustificante de
una tecnología que creara riqueza por sí misma, sin explotar a los pobres.
Se puede poner en cuestión la clásica «teoría de la dependencia», pero
afirmar que, al margen de ella no existe ninguna otra «dependencia» entre
pobreza y riqueza en el mundo, es un error fundamental en la percepción de
la realidad social. "Hemos abandonado con demasiada credulidad la teoría
de la dependencia, lo que es una mayor dependencia respecto a la hegemonía
de la derecha, una colonización espiritual"
No es posible erradicar la pobreza si los avances de la tecnología han de
ser redituados solamente en beneficio del capital y no de los
trabajadores, si se quiere no afectar al nivel de beneficios del capital
financiero transnacional. Pero esa imposibilidad es sólo fáctica,
coyuntural; no es que las cosas no puedan ser de otro modo, sino que no lo
pueden ser mientras nos falte voluntad política y una visión lúcida. Si
superamos estas condiciones impuestas por el capital y su egoísmo, será
posible erradicar la pobreza. Los cristianos debemos «ser realistas y
pedir, lo imposible», porque creemos en la utopía del Evangelio y luchamos
nada menos que por su Reino, en este mundo y en el otro. Y, para Dios, ya
sabemos: nada es imposible (Lc 1, 37).
Si damos por supuesta la imposbilidad de la erradicación de la pobreza y/o
de la superación de este sistema que tanto la genera, si pensamos que ya
llegamos al final de la historia y que en el futuro sólo hemos de esperar«más de lo mismo», entonces son Dios y la Humanidad quienes han fracasado,
y la obligada resignación a la pobreza sería el estigma infame que
denunciaría la incapacidad de Dios para realizar el mundo nuevo que
prometió. El proyecto de Jesús, la utopía de Dios (¡el Reino!) no sería ya
sólo utópico, sino imposible. Creer que el sistema actual es insuperable o
que hemos llegado al «final de la historia» es una negación frontal a la
esperanza escatológica, una negación del Reino de Dios anunciado por Jesús
y un pecado grave contra la fe, la esperanza y el amor.
Para un cristiano no hay forma de comulgar con esa rueda de molino. El
cristianismo no tiene artículos de fe en materia de economía, pero puede y
debe rechazar afirmaciones económicas9 (incluso supuestamente«científicas») que conllevan implicaciones cristiana y/o teológicamente
inaceptables, como aquellas que no reconocen al amor fraterno la capacidad
de superar las barreras económicas, o aquellas que -con frecuencia,
inconfesadamente- ponen el respeto omnímodo a las exigencias del mercado
-una auténtica idolatría- por encima de la obligación del ser humano de
poner en acción su señorío incluso sobre ese mercado.
Así como hay filosofías (el materialismo, el determinismo, el ateísmo...)
y psicologías (el conductismo puro, el determinismo freudiano...) que
dificultan o imposibilitan la expresión o la vivencia de la fe, así hay
sociologías o análisis de la realidad10 que impiden la realización de la
justicia e inviabilizan el anuncio de la Buena Noticia. «Un error acerca
del mundo redunda en un error acerca de Dios» decía santo Tomás11 . Quien
piense que la pobreza es inocente, «natural» y -con ello- incluso «querida
por Dios», inviabiliza la práctica de la justicia. Quien piense que hemos
llegado al «final de la historia» y que el neoliberalismo es insuperable,
hace imposible en la práctica una «lectura histórica» del cristianismo y,
consiguientemente, niega el anuncio de la Buena Noticia. La evangelización
será ineficaz o inviable -aunque se tenga buena voluntad- si está si está
mediada socioanalíticamente por una percepción distorsionada de la
realidad; como dice santo Tomás, el error de esa mediación determinará un
error en el discernimiento de la voluntad de Dios.
El análisis social no es un asunto extrateológico ni extrateologal. No hay
ninguna ciencia, análisis, ideología política... neutras. La estructura
hermenéutica de toda ciencia y de todo saber es tal que el sujeto siempre
entra con sus intereses en la composición de la experiencia del
conocimiento de la realidad. No hay nada puramente «objetivo» que pueda
imponérsenos con la fuerza de lo «científico». Todo es «según el color del
cristal con que se mira», según el punto de partida, el lugar social desde
el que y para el que se hacen las interpretaciones. La adopción de uno u
otro análisis social incluye ya en sí misma una dimensión teológica y
hasta teologal.
Esa supuesta imposibilidad de superar el sistema o de erradicar la
pobreza, no es una imposibilidad técnica o económica, sino principalmente
política (voluntad política), ética (jerarquía de valores) y religiosa (en
qué Dios creemos: el Dios de Jesús o el Dios Mammón, un Dios Señor de la
Historia o un Dios que quiero someter a mi historia...).
Hay análisis de la realidad que encierran en sí mismos -en los valores que
implican, en los supuestos que consagran, en los límites que establecen-
opciones políticas, culturales, teológicas... y una adoración al Dios Baal
y no al Yahvé Padre de nuestro señor Jesús13 . El drama de muchos
seguidores de Jesús es que tienen introyectadas en su forma de interpretar
la realidad, en el caballo de Troya de su propia mentalidad
socioanalítica, las opciones propias de Baal; viven así una situación
inconscientemente esquizofrénica e inevitablemente esterilizante. Bajo
divergencias aparentemente sólo ideológicas, sociológicas o culturales,
con frecuencia se esconde también la divergencia respecto al Dios creído.
En las actitudes socioanalíticas que adoptamos -nunca neutras, nunca sólo
científicas, nunca meramente «objetivas»- podemos servir a uno o a otro
Dios, o quizá pretendamos servir a los dos.
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