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Está el invidualismo en nombre de la excelencia, el rendimiento y la
competitividad, típica del hombre moderno. Nos encontramos también con el
individualismo desencantado del postmoderno que no cree en el proclamado
progreso de la historia y renuncia a cualquier proyecto común. A ello se
suma el cansancio del viejo militante social, desgastado por tantos sueños
y esfuerzos que no han dado los frutos esperados. La crisis del llamado"Estado de Bienestar" y el derrumbe del socialismo real no hacen sino
reforzar estas posturas. Aparece la tentadora propuesta de dedicarse de
lleno a la "realización personal", desde un cultivo narcisista del propio
cuerpo hasta unas místicas sin prójimo y sin historia.
Sin embargo, el cristiano sincero no pude vivir todo esto sino a
contrapelo de experiencias y convicciones firmemente arraigadas en el
Evangelio y en su más auténtica tradición creyente. Es demasiado patente
la contradicción de este "sálvese quien pueda" con la advertencia de
Jesús: quien busca salvar su vida la perderá. Advertencia que no busca
ciertamente atemorizar la conciencia sino que propone renunciar a
espejismos suicidas para entrar en la verdadera vida, en la vida plena y
abundante que viene de Dios. Ante la pregunta de un maestro de la ley"¿qué debo hacer para conseguir la vida eterna", Jesús interroga al
maestro qué dice la Biblia y éste responde: "Amarás al Señor tu dios con
todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu fuerza y con todo tu
espíritu; y a tu prójimo como a ti mismo", Jesús confirma la exactitud de
su respuesta y agrega: "haz eso y vivirán". Pero él insiste: "¿Quién es mi
prójimo?" Entonces Jesús responde con la conocida narración de aquel
samaritano solidario que, en vez de 'dar un rodeo" frente a quien quedó
por el camino herido y despojado, se acerca a él, cura sus heridas y lo
entrega a quien puede cuidarlo cargando con todos los gastos. Luego
repite: "Vete y haz tú lo mismo" (ver Lucas 10, 25-37).
Esta práctica de "aprojimarse" al que está caído, -puerta por la cual
entramos en la vida verdadera según Jesús-, supone a la vez una actitud de
compasión ante el despojado y una búsqueda de eficacia en el compartir lo
que está a nuestro alcance para que pueda reconquistar su salud o su
libertad. Compasión que no es un sentimiento de "lástima" sino un
solidario ponerse en el lugar del que padece, amarlo como a uno mismo, y
compartir lo que tengo para ayudarlo a liberarse de la situación de
despojo en que se encuentra. Esta práctica de la compasión eficaz fue
comprendida por la primitiva iglesia como un signo de identidad de la fe
cristiana frente a religiosidades ritualistas o puramente declaratorias,
como lo muestran múltiples testimonios. Recordemos, por ejemplo, lo que
dice la carta de Santiago: "Hermanos, ¿qué provecho saca uno cuando dice
que tiene fe pero no la demuestra con su manera de actuar? Si a un hermano
o a una hermana les falta la ropa y el pan de cada día, y uno de ustedes
les dice: 'Que les vaya bien; que no sientan frío ni hambre' sin darles lo
que necesitan ¿de qué les sirve? Así pasa con la fe si no se demuestra con
la manera de actuar: está completamente muerta" (2, 14-17).
De ahí que los cristianos sintamos en nuestras entrañas el insobornable
reclamo de no ceder a la tentación de concentrar nuestras fuerzas en una"realización personal" que sabemos mentirosa y fratricida. Ello
significaría no sólo pasar de largo frente a personas que
circunstancialmente sufren despojos por el camino, sino alguno mucho más
grave aun: sumar nuestras energías a la construcción de un mundo donde no
todos caben, donde los más débiles sobran, donde los que no tienen poder
son implacablemente "excomulgados" del sistema.
Los signos más escandalosos de esta exclusión están ahí: los
experimentamos en nosotros mismo como realidad o como amenaza y los
contemplamos a diario en aquellos que tienen menos "suerte" que nosotros.
Se trata de una especie de círculo vicioso al que podemos ser arrojados de
diferentes formas; pero todos sabemos que el que entra en él difícilmente
logra escapar. Para unos la "excomunión" comienza a hacerse visible con la
pérdida del trabajo, para otros con el desalojo de la familia y su
posterior amontonamiento en un rancho de lata; para los jóvenes con la
imposibilidad práctica de acceder a los conocimientos y habilidades
básicas que hoy son requisito para ingresar en el mercado laboral. Pero
una exclusión conduce paulatinamente a la otra. Los más afectados son los
niños y adolescentes, que en ese contexto de marginación sufren daños
irreversibles que afectan su salud física o psíquica, cuando no se ven
arrastrados a la delincuencia, la prostitución o la droga.
Estos son los signos más escandalosos. Pero sabemos que el dinamismo que
margina al más débil afecta a mucha gente con la que compartimos a diario,
generando sufrimientos quizá no tan manifiestos pero igualmente injustos.
Atraviesa de alguna manera toda nuestra realidad social. Lo nuevo, sin
embargo, no es la existencia de este dinamismo: lo nuevo es la intensidad
con que se ha desencadenado y sobre todo su justificación como el único
camino para lograr una sociedad eficiente, competitiva.
La tentación del asistencialismo
Frente a esta dinámica implacable muchos cristianos nos hacemos preguntas
que inquietan y a veces angustian. Experimentamos, tanto a nivel personal
como comunitario, una incertidumbre que nos hace oscilar entre el
activismo espontáneo y la parálisis. Si la fe cristiana es inseparable de
la compasión activa, y ésta demanda la búsqueda de iniciativas eficaces,
entonces, no podemos quedarnos de brazos cruzados: tenemos que "hacer
algo". Algo que al menos disminuya el sufrimiento de algunas personas,
aunque sea.
Surgen así iniciativas asistenciales de personas e instituciones que
generalmente se dirigen a las personas y familias más carenciadas. Por lo
general se trata de conseguir alimentos, ropa, remedios o dinero. Sin
embargo este "hacer algo", reducido a obtener y distribuir recursos
materiales, tropieza tarde o temprano con una sensación de estar nadando
contracorriente, de estar siendo ineficaces o, peor aun injustos. Hay que
ser muy terco para no ver tantos signos contradictorios: la desproporción
enorme entre la cantidad de gente que sufre carencias básicas y la poca
gente a la que se llega, la evidencia de estar apenas arañando la
superficie de los problemas, la consolidación de conductas dependientes,
oportunistas o individualistas. Más aún, emerge la sospecha de que con las
donaciones que empiezan y terminan en sí mismas estamos impidiendo
descubrir y afrontar las verdaderas causas de estas situaciones de
marginación. ¿No estaremos añadiendo un obstáculo más para encontrar los
auténticos caminos de salida y desactivando las fuerzas necesarias para
recorrerlos? ¿No estaremos además faltando al respeto a la gente,
dificultando su autoestima, su organización y su protagonismo?
De esta manera aparece en escena, o mejor dicho, reaparece, la crítica al
asistencialismo como práctica que en vez de ayudar al excluido a liberarse
de su situación no hace sino mantenerlo en ella. Con una diferencia
importante: la crítica a las "obras de caridad" de los años '50-60' se
apoyaba en la toma de conciencia del papel determinante de las estructuras
económicas y políticas en la gestación de la pobreza. Ahora resurge en un
contexto muy distinto: hemos descubierto a través de una dolorosa
experiencia política que esas estructuras no sólo son muy difíciles de
transformar sino que están entrelazadas con múltiples relaciones de
dominación generadas o reproducidas en la vida cotidiana. Algo que ha
quedado manifiesto sobre todo a partir del derrumbe del socialismo real y
la crisis del tradicional Estado Benefactor.
Si no queremos renunciar a la compasión activa pero tampoco a un análisis
realista y crítico de nuestras prácticas, hemos de preguntarnos: ¿hay
alguna alternativa posible al asistencialismo? ¿Cómo evitar que el rechazo
del asistencialismo nos conduzca finalmente a justificar la resignación,
la complicidad o la parálisis frente al individualismo dominante? Creemos
que la historia reciente, la experiencia de muchas comunidades cristianas
y la reflexión teológica de los últimos años nos permiten y nos
comprometen a avanzar en la búsqueda de caminos nuevos.
¿"Perdedores" o excluidos?
Hay una imagen que hoy se maneja con insistencia para describir cómo
funciona la sociedad: una carrera en la que hay necesariamente ganadores y
perdedores. Triunfan los individuos más inteligentes, más trabajadores,
más eficientes o, en algunos casos aislados, los favorecidos por la
suerte. Pierden, o simplemente "no llegan", los menos capaces, los
perezosos, los inconstantes. Se nos dice que siempre ha sido así y lo será
también en el futuro. Es tan grande la desproporción existente entre las
necesidades de la gente y la escasez de recursos de que dispone la
sociedad que es inevitable que en la lucha por satisfacerlas, los más
fuertes desplacen a los más débiles. Se nos agrega que de no existir
premios y castigos según el rendimiento de cada uno nadie movería un dedo.
Más aún: la desigualdad resultante de esa competencia es un hecho no sólo
inevitable sino también positivo. Porque de esta manera los ricos, a pesar
de haber conseguido asegurarse lo necesario, se esfuerzan en acumular
nuevas ganancias para satisfacer deseos cada vez más sofisticados y eso
genera fuentes de trabajo. Así también los pobres, aguijoneados por estas
tentadoras posibilidades se esfuerzan en alcanzar las mismas metas,
superando la tentación de la pereza. Si se intentara combatir esas
diferencias a nivel de las estructuras socioeconómicas se haría un mal a
la sociedad pues se derrocharían recursos escasos entregándolos a personas
o empresas ineficaces.
De ahí que economistas, políticos, empresarios, y la misma propaganda
estén permanentemente incitándonos a maximizar nuestro rendimiento y
nuestro consumo individuales, proponiéndonos fórmulas para llegar a ser
como "ellos", los que "llegan", los triunfadores. La metáfora de la
carrera individual se va incorporando así como un supuesto obvio,
incuestionado, a nuestras valoraciones, decisiones y proyectos. También a
nuestras preocupaciones e iniciativas sociales. Por eso la importancia que
tiene su análisis para comprender y superar las prácticas
asistencialistas.
Sin duda hay que reconocer que esta metáfora apunta a un elemento cierto:
ninguna sociedad puede funcionar sin estímulos, y por consiguiente, sin
algún sistema de "premios y castigos". Sería desmovilizador para la
sociedad, y además, injusto. Es lo que sucede, en nuestro caso con el
mercado, presentado como procedimiento para detectar y premiar la
rentabilidad. Este mecanismo, se nos dice, es el menos arbitrario a la
hora de establecer recompensas diferentes entre quienes su rendimiento y
quienes actúan con dejadez o ineficacia.
El problema reside, sin embargo, en lo que esta metáfora encubre. Pues la
imagen de la carrera al evocar espontáneamente una competencia en igualdad
de condiciones, no permite captar los mecanismos de sistemática e injusta
exclusión de los más débiles tanto en el "punto de partida" como en el
desarrollo de la "competencia" social. Exclusión que se produce,
precisamente, porque existe una radical desigualdad de posibilidades tanto
en el "punto de partida" como a lo largo de la competencia. Es algo que
contemplamos diariamente: en realidad quienes "triunfan" según los
criterios individualistas, es decir, los que acceden a un mayor nivel de
consumo, de seguridades, de prestigio, no lo hacen a través de una
competencia equitativa, imparcial, libre. Porque esa igualdad de
posibilidades simplemente no existe. De ahí que los "ganadores" sean, por
lo general, quienes han tenido las condiciones económicas o sociales
mejores o, también, quienes han logrado imponer sus intereses gracias a la
presión de padrinazgos o formas más o menos graves de corrupción. Como
contrapartida, quienes quedan "atrás" o simplemente "fuera", los
castigados con distintas formas de postergación, no son de suyo los menos
aptos sino los que no han tenido la oportunidad de desarrollar sus
capacidades o han sido directamente excluidos por otros con mayor poder de
presión. De ahí que si queremos ser honestos debamos reconocer que, por
debajo de una aparente carrera con ganadores y perdedores, hay un
conflicto precio, más profundo, que discrimina implacablemente entre"incluidos" y "excluidos". El problema no es que haya premios y castigos,
estímulo necesario en cualquier sociedad. El problema es que en un
contexto de desigualdad esos premios y castigos generan o refuerzan
mecanismos de verdadera discriminación.
El camino de Jesús: la solidaridad
La necesidad de cuestionar la imagen de la "carrera" no es porque sus
limitaciones y ambigüedades sean tan difíciles de comprender desde la
experiencia cotidiana. Tampoco porque sea conveniente subrayar a toda
costa los elementos conflictivos de nuestra convivencia social. Es porque
su simplismo seductor se infiltra en nosotros y se adueña de nuestra
mirada para que veamos la realidad con los ojos de quienes han logrado
imponerse en la sociedad. Recuperar esta conciencia, y tener el coraje de
ponerla en primer plano, nos parece fundamental para identificar
adecuadamente los objetivos, los medios y las fuentes de una compasión que
busque superar el asistencialismo siendo a la vez fraterna, eficaz y
justa. Nos permite también reconocer dónde está para los cristianos la
verdadera raíz de una transformación de la cultura dominante y su lógica
individualista. Acá sólo apuntamos algunos aspectos que nos parecen
fundamentales.
1. La compasión a la que nos impulsa la fe cristiana no debe reducirse a
un sentimiento de conmiseración paternalista respecto de los pobres. Tal
reducción da por supuesto que los empobrecidos son los "perdedores" en una
competencia decidida sólo en función de la capacidad y la eficiencia
individuales. Supuesto insostenible en un contexto en donde la desigualdad
es en gran parte consecuencia de múltiples prácticas de exclusión del más
débil. La compasión cristiana ha de nacer de la solidaridad con los
excluidos y dirigirse en primer lugar a transformar en nosotros y en
nuestra sociedad los comportamientos, ideologías y estructuras que generan
esa exclusión.
2. Las prácticas puramente asistencialistas suponen que la sociedad
mejorará gradualmente en la medida en que la riqueza, el poder y el saber
se concentren en manos de los más eficaces y que, a su vez, éstos ayuden a
los demás a alcanzar su nivel de consumo. Tal suposición es insostenible a
la luz de los conflictos de intereses, la competencia desigual y las
relaciones de fuerza existentes en la realidad social. Pero hemos de
cuestionar, ante todo, el mismo objetivo perseguido, que identifica sin
más, desarrollo humano con crecimiento del consumo individual. Desde una
perspectiva cristiana la finalidad última de una práctica social no puede
ser lograr mayores niveles individuales de consumo, sino promover espacios
y acciones participativas para satisfacer esas necesidades. La solidaridad
con el empobrecido ha de partir de su reconocimiento como
persona-en-relación, como sujeto entre sujetos, con derechos, valores, y
culturas propios. El verdadero crecimiento humano de todos se da cuando se
apoya y se promueve ya ahora la vida de los excluidos partiendo de sus
derechos, valores, e iniciativas en un proceso de creciente participación.
Las ayudas que reducen al empobrecido a mero destinatario, sin fortalecer
su autoestima, su protagonismo corresponsable y su organización, terminan
deshumanizando tanto al que la recibe como al que la realiza.
3. ¿Quién puede asumir esta tarea de transformar las múltiples formas y
estructuras de exclusión que afectan a la sociedad entera? ¿Será posible?¿Cómo hacerlo? Todos nos sentimos espontáneamente impotentes pues
carecemos de los conocimientos y del poder que consideramos necesarios
para desencadenar un cambio que afecta toda la sociedad y que -otra vez-
nos imaginamos se procesará desde arriba hacia abajo. Delegamos así en los
técnicos de los proyectos a pequeña o gran escala la tarea de las
transformaciones necesarias. Pero sin desconocer el valor del aporte
técnico y la importancia de las decisiones políticas hoy somos mucho más
conscientes de que la eficacia de su aporte depende en buena parte de lo
que en la sociedad civil y en la vida cotidiana hagamos posible o
imposible con nuestras decisiones. Hemos redescubierto que también en el
campo de las transformaciones sociales "el fuego, para calentar, tiene que
venir de abajo". Y que en realidad nosotros votamos todos los días la
sociedad que queremos con nuestros comportamientos, relaciones,
compromisos. Sobre todo a través de lo que hacemos -o dejamos de hacer-
con la cuota de poder, de saber, de influencia, de tiempo, que tengamos:
si la usamos sólo para aumentar nuestro bienestar o la compartimos
solidariamente con las personas excluidas y las diversas organizaciones
que hacen posible su participación corresponsable. Y eso en todos los
niveles de la convivencia: familia, vecindad, educación, trabajo,
organizaciones sociales. Precisamente porque son múltiples las formas de
dominación en la sociedad, son también múltiples los espacios y las formas
de transformación y los protagonistas de ellas. En realidad todos somos
protagonistas.
Sin embargo, pasar de un estilo de vida oportunista a otro solidario
implica algo más que promover iniciativas sociales organizadas en base a
recursos económicos y técnicos: lleva consigo un cambio personal y muchas
renuncias. Un cambio que no se basa en la garantía de lograr un éxito a
corto plazo, ni menos aún, una sociedad futura plenamente reconciliada y
justa. Depende finalmente de una actitud de fe, de una conversión de
mentalidad, de una apuesta creativa. Eso nos lleva al último punto: el
aporte propio de la fe cristiana en una cultura de la solidaridad.
El reino nace en la periferia
Creemos que las experiencias políticas e ideológicas vividas en losúltimos tiempos han puesto en crisis una visión optimista de la historia
como progreso ascendente y acumulativo. Quizá la sabiduría de los pobres
ha estado más cercana a la contradictoria realidad humana que la
perspectiva "iluminada" tanto del evolucionismo liberal como del
mesianismo revolucionario. Y nos ha recordado que la fuente de la
esperanza y del compromiso de los cristianos está en la absoluta novedad
del anuncio y la práctica de Jesús: "El Reino de Dios ha llegado.
Conviértanse y crean en la buena noticia" (Mc 1,15). El Reino de Dios, la
fuerza de la nueva creación, está ya presente y actuante en nuestra
historia. Sólo que para descubrir los signos de su irrupción y entrar en
su dinamismo salvador hemos de convertirnos. Hemos de cambiar nuestra
mirada cautiva, nuestro corazón endurecido, nuestro buscar "salvar la
vida".
Los dirigentes de su tiempo pidieron a Jesús que diera "una señal del
cielo" para hacer creíble ese Reino cuya presencia salvadora anunciaba. Le
proponían, como el demonio en el episodio de las tentaciones, "hacer el
bien" mediante una demostración de fuerza, de eficacia a cualquier precio,
de poder triunfalista. Pero él respondió que los signos de la irrupción
del Reino de Dios no bajan del cielo, nacen en la periferia, como dice
Benjamín G. Buelta. No se imponen desde la lógica de la fuerza, se
descubren desde la lógica de la gratuidad. No se entra en su dinamismo a
través de la afirmación excluyente del propio poder sino a través de la
afirmación del otro, especialmente del injustamente excluido. Sólo
convirtiendo -invirtiendo- nuestra perspectiva se pueden reconocer esos
signos ya presentes y participar de su dinámica transformadora, salvadora.
Jesús renunció a la "beneficencia" desde el poder -eso simbolizan las
tentaciones- en nombre de la solidaridad. Porque la salvación que Dios nos
ofrecen en Jesús pasa por recrear todo el hombre y todos los hombres;
pasar por liberarnos de espejismos, esclavitudes y parálisis, no por
anular nuestro protagonismo.
Este es también el dinamismo profundo que ha de animar la conversión de
corazón, de perspectiva y de práctica de los cristianos como se nos
recuerda en el encuentro de Jesús con el hombre rico (Mc 10, 17-27). El
hombre le pregunta: "¿Qué tengo que hacer para conseguir la vida eterna?".
Ya tenía esta vida asegurada por sus bienes y además, según él, cumplía
con todos los mandamientos. Quería ahora asegurarse la "otra" vida.
Entonces Jesús le cambia la perspectiva remitiéndolo a esta vida pero
desde otra perspectiva: no preocupándose sólo de su propia seguridad sino
haciéndose responsable de la vida del pobre. "Sólo te falta una cosa:
anda, vende todo lo que tienes, dalo a los pobres, y así tendrás un tesoro
en el cielo. Después, ven y sígueme". No se refiere a una receta económica
sino a un cambio de actitud. Para salvarse no le hace falta "hacer" algo
sino "dejar de hacer" algo: dejar de apostar a la posesión individual como
a la fuente de la vida.
Ese rico se fue triste. Pero hubo otro que dejó sus seguridades y lo
siguió: el evangelista Mateo. Es el camino a que estamos llamados los
discípulos de Jesús y que, animados por su Espíritu, hoy recorren muchos
cristianos a nivel personal y comunitario. Buscando, claro está, que este
espíritu solidario encuentre las mediaciones técnicas y políticas más
adecuadas para cada momento histórico.
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