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I. LOS POBRES POR QUIENES HAY QUE HACER LA OPCION
En el lenguaje cristiano y teológico, también en el lenguaje de Puebla, el
término "pobre" puede describir realidades muy diversas. Se puede hablar
así, en positivo, de pobreza espiritual, de empobrecimiento para acompañar
a los pobres. Ese significado de pobreza es real y es muy importantes que
exista su realidad. Describe la subjetividad interior de los seres humanos
que se abren a Dios o el proceso de intentar asemejarse a los pobres
reales. Pero, siendo esto sumamente importante y necesario, esa pobreza no
es aquella de que se habla en la opción por los pobres; y es peligroso si
desde ella se quiere determinar a los pobres de la opción y a la opción
por los pobres.
El analogatum princeps de pobres, y los pobres de los que se habla en la
opción, son antes que nada y en directo aquellos seres humanos para
quienes el hecho básico de sobrevivir es una dura carga, para quienes
dominar la vida a sus más elementales niveles de alimentación, salud,
vivienda, etc., es una ardua tarea y la tarea cotidiana que emprenden en
medio de una radical incertidumbre, impotencia e inseguridad. Pobres son
aquellos encorvados, doblegados, humillados (anaw) por la vida misma,
automáticamente ignorados y despreciados por la sociedad. Estos son los
pobres tal como de ellos se habla en los profetas y en Jesús. En lenguaje
actual, "pobres" son en primer lugar los socio-económicamente pobres,
lenguaje que no debiera sorprender ni ser tachado de ideologizado, pues lo
que está detrás de lo socio-económico es el oikos, el hogar, y el socium,
el compañero; es decir, las dos realidades fundamentales para todo ser
humano: la vida y la fraternidad.
Junto a esta pobreza existe también la socio-cultural, que hace que la
vida sea dura carga. Existe la opresión y discriminación racial, étnica y
sexual. Muy frecuentemente, por el mero hecho de ser negro, indígena o
mujer, la dificultad de la vida se agrava. Esta dificultad añadida es
teóricamente independiente de la realidad socio-económica, pero con gran
frecuencia, al menos en el Tercer Mundo, acaece dentro de la pobreza
socio-económica, con lo cual estos seres humanos son doblemente pobres.
Visto el mundo actual como un todo, no cabe duda de que la pobreza
socio-económica es lo que mejor describe la pobreza en el mundo, agravada
además por la opresión proveniente de determinadas discriminaciones.
Hay que agradecer a Puebla que expresase esta realidad con sumo vigor y
sin ninguna ambigüedad. Puebla describe los rostros concretos en que se
expresa -"la situación de extrema pobreza generalizada" (n. 31)- de la
siguiente manera: niños golpeados por la pobreza antes de nacer, jóvenes
frustrados en zonas rurales y suburbanas, indígenas marginados y que viven
en situaciones inhumanas, campesinos sin tierra y sometidos a la
explotación, obreros mal retribuidos y privados de sus derechos,
marginados y hacinados urbanos frente a la ostentación de la riqueza,
ancianos marginados y abandonados... (nn. 32-39). Estos rostros concretos
expresan "la situación de inhumana pobreza en que viven millones de
latinoamericanos", lo cual es juzgado como "el más devastador y humillante
flagelo" (n. 29). Este es el significado primario de pobres por los que
hay que hacer la opción. Los pobres de la opción no son -como
subrepticiamente se los quiere reinterpretar- el simple ser humano,
metafísicamente limitado, carente, necesitado y sometido al sufrimiento.
Nada de esto se niega, obviamente, en la opción por los pobres. Pero esos
pobres no son los pobres de la opción. Pobre no es simplemente el homo
doliens, sino aquel que más se parece al no-hombre. Dicho en lenguaje
teológico, la pobreza de la que aquí se habla es aquella que va en contra
de] primigenio plan de Dios en la creación, un mínimo o un máximo, según
se mire: el mundo de la pobreza, mayoritario en el Tercer Mundo, significa
que la creación de Dios no ha llegado a ser; que la vida no es lo que está
in possessione en la humanidad.
Los pobres de la opción son, además, históricamente pobres; son los
empobrecidos por otros. Pobreza no es mera carencia, no es mera dificultad
de dominar la vida, sino dificultad de vivir causada por otros e ignominia
añadida introducida por otros. Pobreza entonces es pecado, "clama al
cielo" (Medellín, justicia 1), "es contrario al plan del Creador y al
honor que se merece", (Puebla 28). Y los pobres son dialécticamente
pobres. Históricamente, pobre dice relación intrínseca a opresor;
dialécticamente, dice relación intrínseca a rico. Puebla asienta la
flagrante y creciente diferencia entre ricos y pobres: "La verdad es que
va aumentando más y más la distancia entre los muchos que tienen poco y
los pocos que tienen mucho" (Mensaje). Pero, además, da la razón: existen"ricos cada vez más ricos a costa de pobres cada vez más pobres" (n. 30).
Hay pobres porque hay ricos, y hay ricos porque hay pobres. Pobreza es
entonces no sólo carencia de vida, no sólo injusta carencia de vida
causada por los opresores, sino que es también la negación formal y más
radical de la fraternidad, del ideal del reino de Dios. Como las raíces de
la opresión son estructurales, esta pobreza, histórica y dialéctica, se
hace masiva y duradera; no es casual y exige cambios profundos de las
estructuras (Puebla 30).
Los pobres de la opción son, por último, una realidad política, aspecto
menos explicitado que los anteriores en la Escritura y el magisterio, pero
no por ello menos real. Su masividad -pues se trata de pueblos enteros
pobres-, lo objetivamente insostenible de su situación y la conciencia que
van adquiriendo de la pobreza y sus causas, la esperanza que se va
generando entre ellos de que la vida es posible y de que hay que luchar
por ella, suponen un potencial político que se está actualizando en los
países del Tercer Mundo. Pero en la medida en que se actualiza ese
potencial, los pobres están sujetos no sólo a la opresión empobrecedora
sino también a la represión, como afirma Puebla inmediatamente después de
describir los rostros de los pobres (cf. nn. 40-43). De esta forma,
pobreza adquiere otra connotación: los pobres que quieren dejar de serlo
son frecuentemente reprimidos y asesinados- se asemejan al siervo de Yahvé
que, por intentar implantar la justicia, sucumbe bajo la represión.
Los pobres por los que hay que hacer la opción se definen, por tanto, en
relación a algo sumamente negativo: la ardua dificultad de dominar la vida
en lo más elemental de ella. Esto hay que recalcarlo porque el lenguaje
trata de ocultarlo y tiende a plantear la realidad de la pobreza desde
otra perspectiva positiva. Se habla así de "países en vías de desarrollo",
con lo cual -sea cual fuere la verdad histórica del desarrollo se
relaciona pobreza con algo positivo. No se niega, por supuesto, que la
pobreza exija éticamente el desarrollo, es decir, el salir de ella. Pero
en su realidad histórica, la pobreza dice primariamente otra cosa: esta en
vías de muerte. Quizás en lugares industrializados la pobreza pueda ser
descrita en relación a lo positivo, en relación a un bienestar no
alcanzado todavía, pero que se piensa posible y probablemente alcanzable.
Pobreza apunta a lo positivo que se piensa poder conseguir. Pobres son los
que todavía no han alcanzado el bienestar, pero están en vías de
alcanzarlo. En el Tercer Mundo, sin embargo, pobreza apunta, antes que
nada, a lo negativo de lo que hay que huir. En las conocidas palabras de
G. Gutiérrez, "pobres son los que mueren antes de tiempo", aquellos que se
acercan a la muerte lentamente, debido a estructuras injustas que privan
de vida, en sí mismas "violencia institucionalizada" (Medellín, Paz 16), y
aquellos sometidos a la muerte rápida y violenta cuando intentan liberarse
de su injusta pobreza. Pobreza se relaciona entonces con muerte.
Esto es lo que significa pobreza cuando se habla de opción por los Pobres.
No se niega que haya otros significados de pobreza, importantes y
necesarios para la realización plena de la vida cristiana; pero se afirma
que, cuando se habla de opción por los pobres, se habla de estos pobres.
El añadir "preferencial" a la opción -añadidura que tiene sentido en la
pastoral- no deja de ser una ironía en la humanidad actual en la que dos
terceras partes o más de ella son ese tipo de pobres; y la mirada al
futuro, desgraciadamente, los hace aumentar en número. El que se hable de"opción" tiene su importancia. Históricamente al menos supone que hacer de
estos pobres el destinatario de la misión de la Iglesia para liberarlos de
su pobreza no ha sido práctica habitual ni sigue siendo fácil ni evidente.
Se intuye, además, que tomar en serio a ese destinatario es una exigencia
grave, costosa y conflictiva; es por ello una decisión honda que hay que
hacer en presencia de otras posibles decisiones más tradicionales,
conocidas y fáciles; por ello tiene sentido hablar de "opción". Se intuye,
por último, aunque esto se va comprendiendo en la medida en que se
realiza, que la opción por estos pobres, si quienes optan se introducen en
la dinámica histórica que genera esa opción, va mucho más allá de la
determinación del destinatario de la misión y el contenido y método deésta. La opción por estos pobres llega a abarcar todas las dimensiones del
creyente y del ser humano; no sólo la dimensión eclesial, sino la
dimensión de la fe y de la salvación. Esto es lo que queremos analizar a
continuación.
II. DIMENSION HUMANO-CREATURAL
La opción por los pobres es antes que nada algo con que se confronta
cualquier ser humano por el mero hecho de serlo; funge -lógicamente como
preámbulo a cualquier fe explícita. Es una fe antropológica en el sentido
que da al término Juan L. Segundo y en ese sentido es también una apuesta.
La opción por los pobres es un contenido de la revelación de Dios, pero
para descubrirla como tal se necesita con anterioridad lógica -aunque
históricamente eso siempre se realiza dentro del círculo hermenéutico- una
opción al nivel humano-creatural. El hecho de que la revelación haya sido
interpretada tan frecuentemente al margen de la opción por los pobres -y
lo mismo ocurre con la liberación, declarada ahora como central al mensaje
evangélico, pero tan ignorada en la historia- lo muestra claramente.
Con ello queremos decir que la opción por los pobres es necesaria para
comprender la revelación, y lo es porque se realiza al nivel
humano-creatural con necesidad, por acción u omisión. Detengámonos, por
tanto, en el análisis humano-creatural de la opción. Para hacerlo de forma
gráfica y breve, enunciaremos algunos textos de la Escritura como
dirigidos a todo ser humano.
1. "La cólera de Dios se revela desde el cielo contra la impiedad e
injusticia de los hombres que aprisionan la verdad en la injusticia" (Rom
1,18). Esta afirmación paulina dice que no es nada fácil ver la verdad de
las cosas y que existe, más bien, una intrínseca concupiscencia a
aprisionar esa verdad. Llegar a conocer la verdad de la realidad, respetar
la verdad de lo que las cosas son es entonces conversión y conversión
primaria ante la tentación de tergiversar y someter la verdad. En negativo
afirma Pablo lo que ocurre cuando se da el sometimiento de la verdad. En
lenguaje teológico, aparece la cólera de Dios, la realidad se opaca y no
revela a Dios, el corazón del hombre se entenebrece y Dios le entrega a
toda suerte de abominaciones. En lenguaje histórico, la realidad clama y
protesta, pero se oculta su verdad más íntima, el ser humano se ciega y se
deshumaniza. Y esto vale, en el fondo, para todos: gentiles y judíos.
En este contexto la opción por los pobres afirma en primer lugar que la
verdad de la realidad de nuestra historia se transparenta más desde los
pobres, tal como se les ha descrito, que desde ellos se llega a conocer lo
que es más flagrante de la historia y la totalidad de nuestro mundo.
Afirma por ello -aunque en un primer momento es una apuesta- que desde ahí
hay que ver la realidad y que, históricamente al menos, el llegar a ver la
realidad desde ahí es conversión, es hacer contra otras perspectivas desde
las cuales llegar a conocer la verdad: poder, humanidad universalizada y
abstracta, el más allá, etc.
Estas afirmaciones nada tienen de puramente teóricas. El mundo de hoy -y
su propaganda- hace todos los esfuerzos posibles para que no aparezca la
verdad de la realidad. Intenta hacer creer que el ser humano es el del
Primer Mundo, del cual participarían analógicamente, para su propia
humanidad, la mayoría de seres humanos en el Tercer Mundo. Intenta
tergiversar la realidad de los pueblos crucificados convirtiéndolos en
países en vías de desarrollo; situaciones inhumanas, como las de los
países centroamericanos, en democracias incipientes. Intenta explicar en
términos ideológicos el problema fundamental del mundo de hoy, cuando en
la realidad es un problema de vida y muerte.
Desde los pobres se ve mejor el mundo como es, no se aprisiona su
verdad. Pero como esa realidad es pecado y como el pecado busca
siempre ocultarse, pasar desapercibido o incluso hacerse pasar por
lo contrario, llegar a ver el mundo desde los pobres es también
conversión; objetivamente, en contra de las apariencias, y
subjetivamente, en contra del propio interés que busca hacer
coincidir la realidad con lo deseable para uno. La opción por los
pobres es, pues, antes que nada, una opción por la verdad, por ver
la realidad de este mundo tal cual es, una conversión epistemológica
radical y una apuesta -verificada después- de que desde los pobres
se transparenta mejor la verdad del mundo.
2. "Un samaritano que iba de camino llegó junto al herido, y al verle tuvo
compasión; y, acercándose, vendó sus heridas... " (Lc 10, 33ss). A la
ultimidad de la visión de la realidad desde los pobres corresponde la
ultimidad de la reacción hacia los pobres. Todo ser humano -Judíos
ortodoxos o samaritanos herejes- se encuentran con un herido en el camino
y ante él sólo hay dos reacciones posibles: o pasar de largo e ignorarlo o
acercarse a él, curarle y llevarle a lugar seguro. Esto último es el
contenido de la opción por los pobres. Sus mecanismos serán diversos,
asistenciales, promocionales o estructurales, según el herido sea un
individuo o pueblos enteros tendidos en el camino que esperan salvación.
La opción por los pobres insiste en el Tercer Mundo en la perentoria
necesidad de esto último por el carácter estructural de la pobreza. Pero
lo que ahora interesa recalcar es la ultimidad de la reacción hacia el
pobre.
Jesús menciona la parábola para explicar cuál es el mayor de los
mandamientos, pero el contenido de la parábola no basa la reacción del
samaritano en que quisiera o tuviera que cumplir un mandamiento, sino en
algo más primigenio: en la compasión y misericordia que siente ante el
herido. "Movido a compasión", se dice de él. El ser movido por la miseria
ajena interiorizada en lo más profundo de uno -esplaginzomai: reaccionar
porque se revuelven las entrañas- y que esa miseria mueva a una acción
salvadora es algo último que posee su propia evidencia o no la posee.
Opción por los pobres es, entonces, reaccionar con ultimidad a la miseria
y reaccionar por la única razón de que ésta se ha hecho presente ante uno.
No es un mandamiento, algo que hay que hacer porque está mandado, ni algo
que se hace evidente sobre la base de otra realidad exterior a la miseria
misma. Es, más bien, una forma primaria de reaccionar ante la realidad.
3. "Nadie puede servir a dos señores; porque aborrecerá a uno y amará al
otro; o bien se entregará a uno y despreciará al otro" (Mt 6, 24). Esta
cita de Jesús muestra la necesidad de elegir y de elegir entre realidades
objetivas que son en sí mismas excluyentes y duélicas. No se puede servir
al pobre y a sus empobrecedores, a las víctimas y a sus verdugos. La razón última de que la opción sea de este tipo no está en la subjetividad de
quien opta; la opción no se opone, por tanto, a una intención amorosa
universal a todos, pobres y empobrecedores, aunque se deberá expresar en
forma muy distinta. La razón está en lo objetivo de la opción. Pobres y
empobrecedores son excluyentes unos de otros; más aún, coexisten en
relación duélica, unos hacen contra otros. Es claro que los empobrecedores
hacen contra los pobres, y es claro que los pobres -por su misma realidad
y más cuando toman conciencia de ella- hacen contra los empobrecedores en
cuanto empobrecedores, sea cual fuere su actitud hacia ellos como seres
humanos.
Optar por los pobres significa entonces encarnarse en un conflicto
objetivo de la historia, disponibilidad a aguantar las consecuencias del
conflicto y a aguantar la sorpresa y el escándalo de que el verdugo
triunfe o parezca triunfar sobre la víctima. Esto no se deduce
necesariamente de una teoría que absolutice el conflicto, vea en él el
motor de la historia y el camino para la planificación de ésta. Se deduce
de la misma historia de la revelación y de la experiencia cotidiana. La
opción por los pobres no es en sí misma conciliatoria, aunque se espera
que lleve también a una verdadera reconciliación; no es algo pacífico,
aunque se espera que lleve también a una verdadera paz. Es más bien una
verdadera opción que lleva a quien la hace a encarnarse en el conflicto de
la historia y exige de él disponibilidad a mantenerse en él y fortaleza
para asumir las consecuencias.
4. "Entonces dirá el rey a los de su derecha: "Venid, benditos de mi
Padre... porque tuve hambre y me disteis de comer..."" (Mt 25, 31-46). La
opción por los pobres es un modo de ver la historia, de reaccionar hacia
ella y de encarnarse en ella; pero es también la manera de llegar a vivir
como ser humano. Es salvación. En la parábola del juicio final, en la que
están presentes "todas las naciones", se afirma qué es lo que lleva a la
salvación última. Pero si no se entiende ésta extrinsecistamente en
discontinuidad con la vida presente, se afirma también lo que significa
vivir ya como seres humanos salvados, vivir ya con sentido. La salvación
de la propia vida y el sentido de la vida en el presente se decide en la
opción por los pobres. La condenación futura y el sin sentido presente se
decide en una opción al margen de los pobres que en el fondo es siempre
contra ellos. Y no hay nada fuera de esa opción por los pobres en lo que
en definitiva se decida la salvación. Hay salvación cuando se opta por los
pobres en cuanto tales, sin que ninguna otra cualificación en ellos tenga
que forzar la opción; se opta porque tienen hambre, sed, desnudez,
enfermedad, cautividad. Y el hecho mismo de optar por ellos, de ayudarles
y servirles, independientemente de la conciencia explícita con que se haga
eso -"Señor, ¿cuándo te vimos hambriento...?"-, produce salvación y hace
vivir como seres humanos salvados.
La opción por los pobres es salvación porque es amor y es un amor que
descentra al ser humano. Según la afirmación de Jesús, el que quiere ganar
su vida la pierde y el que la pierde la gana. Quien organiza su vida
alrededor de sí mismo, de su grupo, partido, institución, Iglesia, por muy
comprensible que eso sea, por muy importantes que sean las preguntas por
la propia salvación y por las propias necesidades, no deja de tener una
concepción egocéntrica -que frecuentemente degenera en egoísta- de la
vida; quiere ganar la vida en directo, y la pierde. Pero quien organiza su
vida alrededor del otro, olvidándose de sí mismo, la gana. El pobre es el
prototipo del otro, al que se va simplemente porque representa alteridad y
discontinuidad con respecto a uno mismo, al que se va sin esperar nada
para uno -aunque después se reciba-. Ese amor realmente descentrado que
exigen y posibilitan los pobres es, en último término, lo que hace que la
opción por ellos pueda ser salvación.
Afirmar que la opción por los pobres es salvación es, además, afirmar que
la salvación es posible; es apostar por la esperanza en la historia, que
la última palabra de la historia es bendición y no condenación. Afirmar
que de los pobres es el reino y que quienes optan por ellos entran en el
reino es la forma de aceptar que en la historia hay un sentido último
contra muchas apariencias; es una forma de fe que mueve a optar, fides
qua, pero que posee también un contenido, fides quae, explícito o
implícito: hay salvación.
La opción por los pobres es, pues, antes que nada, una opción con la que
se confronta todo ser humano por el mero hecho de serlo; es una forma de
ver la realidad, reaccionar ante ella, encarnarse en ella y vivir como ser
humano con sentido, salvado. Esta opción, por ser humano-creatural, es lo
que más radicalmente divide a la humanidad y también lo que genera
comunión entre seres humanos. En palabras de monseñor Romero, divide
porque "ahí se le presenta a la Iglesia, como a todo hombre, la opción más
fundamental para su fe: estar en favor de la vida o de la muerte"
(discurso de Lovaina, 2 de febrero de 1980). Pero monseñor Romero creyó
también que alrededor de la vida de los pobres se genera comunión entre
los seres humanos en cuanto tales y su argumentación para ello estaba al
nivel de lo radicalmente humano. "Que no se olvide que somos seres
humanos", decía para motivar a la solidaridad de todos. "Es preciso
defender lo mínimo que es el máximo don de Dios: la vida", decía para
mencionar la tarea fundamental de todo ser humano.
III. DIMENSION TEOLOGAL
Recalcar lo humano-creatural de la opción por los pobres nos parece
importante para enfatizar su radicalidad y ultimidad. Lo humano, sin
embargo, se da siempre también de forma historizada en tradiciones,
religiones, ideologías. la reflexión sobre la opción por los pobres
acaece, pues, en un círculo hermenéutico: desde lo humano y desde
tradiciones en que se vive lo humano. Las religiones abrahámicas y
ciertamente la fe cristiana tienen como contenido esencial la opción por
los pobres, la justicia, la liberación, etc. Y lo fundamentan en la misma
revelación y realidad de Dios. Comencemos, pues, analizando la dimensión
teologal de la opción por los pobres como correlato más inmediato a su
dimensión humano-creatural.
En la tradición bíblica Dios se revela en y a través de una opción. Para
dar razón de la elección de un pueblo, de la encarnación o de la muerte de
Jesús en la cruz, sólo se puede apelar al eterno designio de Dios, a la
libre autodeterminación de Dios de mostrarse así y no de otra manera. Y en
esto consiste la especificidad del conocimiento bíblico de Dios: en
conocerle en la medida en que él se da libre y concretamente a conocer.
La teología cristiana acepta este hecho y tiene necesariamente que
aceptarlo, pues ella misma está basada y centrada en un libre designio de
Dios. Quizás pueda, por ello, estar dispuesta a aceptar la terminología de"opción" de Dios; pero es más reacia a aceptar la "opción por los pobres"
del mismo Dios, la parcialidad de Dios en su revelación, el que se revele
a unos y no a otros, incluso en favor de unos y en contra de otros. La
universalidad de la revelación y del amor de Dios -y, en la práctica,
otros intereses- parecen peligrar si se habla de parcialidad de Dios,
aunque no peligraría al mencionar el concreto designio de DIOS. La
parcialidad de Dios en su revelación es, sin embargo, algo fundamental en
la Escritura. Dios se revela como quien hace una opción por los pobres y
esa opción es mediación esencial de su revelación. En el hecho fundante
del pueblo de Dios está un acto parcial, la liberación de Egipto, a través
de la cual Dios se muestra como él es. No se puede separar revelación del
nombre de Dios -como revelación "universal"- y voluntad concreta
liberadora de Dios. Este acto fundante es parcial. Dios no se revela a
todos por igual, a los israelitas y al faraón. Y la razón de esa
parcialidad está en el sufrimiento y opresión de un pueblo. Que Dios
quiera además elegir a ese pueblo, que haga una alianza con él, que le
exija que le dé culto, son todas cosas verdaderas. Pero la razón por la
que se revela a ese pueblo es otra:
Bien vista tengo la aflicción de mi pueblo en Egipto y he escuchado el
clamor que le arrancan sus capataces; pues ya conozco sus sufrimientos. He
bajado para liberarle de la mano de los egipcios y para subirle de esta
tierra a una tierra buena y espaciosa (Ex 3, 7ss).
Esta parcialidad de Dios permanece una constante en el AT, aunque unas
tradiciones la subrayen con más fuerza que otras. En los profetas Dios
llama "mi" pueblo a los oprimidos dentro de Israel, no a la totalidad del
pueblo. En los salmos se dice: "Padre de huérfanos y viudas es Dios" (Sal
68, 5). Oseas dice: "En ti el huérfano encuentra compasión" (Os 14,3), lo
cual ha sido reconocido como la confessio veri Dei en el AT. Yahvé es el
Go'el de Israel porque defiende al pobre. En el NT Jesús anuncia la buena
noticia del reino de Dios a los pobres y únicamente a los pobres. Así lo
afirma en las bienaventuranzas (versión de Lc), en el discurso inaugural
en la sinagoga de Nazaret; y así lo defiende en las parábolas contra sus
detractores.
Esa parcialidad de Dios es un hecho, pero es además un hecho revelatorio
de la misma realidad de Dios, no sólo ocasión para que Dios se revele.
Dios no sólo hace una opción por los pobres, sino que a través de ella se
muestra como Dios, de modo que si desaparecieran de la Escritura los
pasajes sobre esa opción quedaría una imagen desleída y muy distinta de la
realidad de Dios. La capacidad revelatoria de la opción de los pobres se
muestra tanto en el contenido de lo que es Dios como en su dimensión de
misterio trascendente. La opción por los pobres concretiza el "amor" de
Dios -su última definición- como justicia que sale en favor del oprimido y
como ternura que se deja afectar por el sufrimiento causado a lo débil,
pequeño e indefenso. Y la opción por los pobres es una forma de mantener
el misterio de Dios, el que así es Dios por ser Dios. Ese ser así de Dios
es lo impensado por la razón natural y lo no querido por la razón
pecaminosa-opresora. El así de Dios trasciende las expectativas del hombre
natural e incluso la de los pobres -recuérdense los afanes de Jesús por
convencer a los pobres de la bondad de Dios- a quienes se les ha
introyectado otra idea de Dios. Ese ser así de Dios muestra el misterio de
Dios porque para ello no hay ninguna razón que pudiera inventar la razón
lógica. La opción de Dios por los pobres no encuentra su justificación,
como lo pretende la razón lógica, en la calidad personal, ética o
religiosa de los pobres, como recuerda Puebla (n. 1142), sino simplemente
en que son pobres y en que así reacciona Dios. La opción de Dios por los
pobres -análogamente a la visión paulatina de que Dios se revela en la
cruz- es una forma -e históricamente una forma muy eficaz- de expresar la
trascendencia de Dios. Tiene, pues, una capacidad revelatoria. "La pasión
de Dios por los pobres" (L. Boff) le revela como Dios, y desde ahí, y no
al margen de esa parcialidad, habrá que conocerlo como el Dios universal.
IV. DIMENSION CRISTOLÓGICA
Cristo, definitivo mediador de Dios y definitivo hombre, historiza y lleva
a plenitud lo dicho en los dos apartados anteriores. Historiza la opción
de Dios por los pobres y lleva a plenitud la opción que todo ser humano
debe hacer por ellos. La opción por los pobres está en el comienzo de su
actividad: su misión consiste en anunciar la buena noticia del reino de
Dios a los pobres; y al final de su vida pronuncia el discurso sobre la
salvación definitiva que se juega en la opción y sólo en la opción por los
pobres. El contenido de esa opción y lo que tiene de opción proporciona
lógica interna a la vida, actividad y destino de Jesús. Recordemos
brevemente la estructura fundamental de la opción de Jesús llevada a cabo
por él mismo, exigida a sus seguidores y que posee valor permanente para
el cristiano a lo largo de la historia.
Jesús presenta una visión de la historia desde los pobres que trastrueca
visiones tradicionales y convencionales: de los pobres, de los
despreciados, de los indefensos, de las víctimas es el reino de Dios; no
de sus opresores y verdugos. Esa es la buena noticia que hay que anunciar
como la verdad última de la historia contra todas sus apariencias. Al
servicio de esa buena noticia Jesús pone signos que la muestran como
verdad: realiza curaciones, expulsa demonios y acoge a pecadores y
despreciados. Estos son signos -aunque sólo signos- de que el reino se
acerca a los pobres. Son signos benéficos que salvan de necesidades
concretas a los débiles y despreciados. No son la salvación -término
técnico en singular que se fraguará después en el NT-, sino salvaciones
plurales de necesidades plurales que afectan al cuerpo y al alma. Y son
signos no solo benéficos sino liberadores, pues las enfermedades, las
posesiones diabólicas y, ciertamente, la pobreza y la Indignidad social se
atribuyen a fuerzas opresoras que todo lo permean, sea que esa opresión se
exprese en conceptos mitológicos -hoy no científicos- o históricos. Ante
esas necesidades, Jesús reacciona con misericordia y hace ella de algo
central y último: ante las necesidades, sean de la índole que sean, y por
ello también ante las necesidades fundamentales de la vida, hay que
reaccionar con misericordia, sin más justificación que el hecho mismo de
las necesidades. Esa misericordia, escandalosa para muchos de sus oyentes,
es la que tiene que esclarecer una y otra vez sobre todo en sus parábolas
sin poder ofrecer otra justificación más que "así es Dios, tan bueno con
los débiles". Jesús, por último, celebra los signos del advenimiento del
reino; sienta a una mesa a los despreciados de este mundo y así afirma que
ha comenzado la fraternidad.
Junto a estas actividades que son "signos" del reino, Jesús lleva a cabo
otras actividades que pueden denominarse, aunque análogamente en relación
al uso actual del término, una praxis. Esta tiene como objeto la
transformación de la sociedad como tal en favor de los pobres. No es que
Jesús proponga teóricamente cómo deba ser la sociedad para que llegue a
convertirse en el reino de Dios, ni que proponga mecanismos técnicos para
ello; de hecho sólo exige la conversión.
Pero la denuncia del antirreino, de la sociedad como totalidad, es una
forma sub specie contrarii de apuntar a un mundo que en su totalidad se
haga más afín al reino de Dios. Esa praxis se realiza en las
controversias, denuncias y desenmascaramientos de una sociedad opresora
religiosamente y, a través de ello, económica, social y políticamente. Con
esa praxis Jesús quiere defender a los oprimidos y por ello se dirige
formalmente contra los grupos opresores: ricos, fariseos, escribas,
sacerdotes y, en menor medida, dirigentes políticos. Esa praxis -aunque ya
el anuncio de la buena noticia a los pobres y los signos de su liberación
causasen escándalo- explica el destino de Jesús, la persecución que se
convirtió en clima de su vida y su ajusticiamiento en la cruz por
subversivo y blasfemo. La cruz de Jesús es el argumento más claro para
mostrar que Jesús hizo una opción por los pobres y el carácter conflictivo
de la opción. La cruz de Jesús muestra que en verdad hay pobres y
empobrecedores, oprimidos y opresores, reino y antirreino, Dios de vida e ídolos de muerte, mediadores históricos de la vida y de la muerte; que
ambos tipos de realidades están en conflicto y en lucha, y que la opción
por uno es opción contra otro. La cruz de Jesús muestra el hecho, y
también el escándalo, de que el opresor vence en el conflicto, de que los
dioses "rivales" parecen tener más fuerza que el Dios de la vida y de que
sus mediadores son capaces de dar muerte al mediador del verdadero Dios.
La cruz deja pendiente la respuesta a la pregunta por qué muere Jesús,
pero queda claro por qué le matan. Lo primero no obtiene una respuesta
apodíctica en el NT, sigue escándalo y sólo queda decir: "así es el
designio de Dios". Con la resurrección de Jesús, al no desaparecido
escándalo se añade la esperanza: al menos en el caso de Jesús, el verdugo
no triunfó sobre la víctima, Dios hizo justicia a los crucificados de la
historia. Lo segundo, sin embargo, es muy claro: Jesús muere en la cruz no
sólo porque ayuda o sirve a los pobres sino porque hace una opción por
ellos. Y en esta historia en que los dioses están en lucha, optar por los
pobres es hacer contra sus opresores.
El valor permanente de la opción de Jesús por los pobres es, pues, claro:
hay que ver la historia desde ellos y, escandalosamente, como esperanza
para ellos; hay que poner signos de todo tipo en su favor, benéficos y
liberadores; hay que denunciar y atacar el antirreino desde su raíz. Y hay
que optar por los pobres, introducirse en el conflicto de la historia por
salir en su defensa, aunque en ello surja la persecución y la muerte.
En la actualidad, hay que pensar cuáles sean las mejores mediaciones para
acabar con el antirreino y dirigir la totalidad histórica y social hacia
el ideal del reino de Dios. De ahí, la obvia necesidad de mediaciones
analíticas. Pero, además, hay que recalcar la necesidad de hacer la opción
por los pobres con un determinado espíritu para que la siga inspirando y
potenciando y para que la sane de los inevitables subproductos negativos
que siempre amenazan a cualquier tarea, por necesaria, justa y buena que
sea, que llevamos entre manos los seres humanos.
Ese espíritu no es otro que el espíritu de Jesús tal como aparece en su
vida y enseñanzas. En un breve resumen sistemático podemos decir que la
opción por los pobres debe ser hecha, en primer lugar, con espíritu de
cercanía hacia ellos. La cercanía es necesaria para conocer la realidad de
los pobres, pero en sí misma es ya algo salvífico, un superar barreras y
de ese modo devolver la dignidad perdida de los pobres. Esa cercanía debe
hacerse como empobrecimiento y abajamiento. En lenguaje trascendental
afirma Pablo que "Cristo, siendo rico, se hizo pobre" (2 Cor 8,9); en
lenguaje histórico Jesús exige de sus seguidores -y él mismo lo
ejemplifica- el dejarlo todo. Con ello quiere indicar la radicalidad con
la que hay que servir al reino, pero recalca también la necesidad de
llevar a cabo la misión en pobreza intuición que siempre han recogido los
grandes santos, sobre todo los reformadores. Cercanía y empobrecimiento
generan ya fraternidad -no avergonzarse de llamarles hermanos, cf. Heb
2,11- y expresan la intuición cristiana de que en lo que está abajo en la
historia hay un tipo de fuerza insustituible y no encontrable en ningún
otro lugar.
En segundo lugar, la opción hay que realizarla con el espíritu del que
habla Jesús en el sermón del monte y las bienaventuranzas de Mateo,
entendidas no para determinar el destinatario de la opción sino el
espíritu con que debe hacerse. Puede hablarse así de un espíritu"paradójico" que pareciera restarle importancia a la seriedad de la opción
por los pobres pero que, a la postre, la potencia: la mansedumbre que sana
la prepotencia, el amor a la paz que impide hacer una mística de la
violencia aunque ésta pudiese llegar a ser necesaria y justa, la
disponibilidad al perdón y a la reconciliación, la limpieza de corazón
para mantener la verdad de las cosas y para que no se introduzca la
tendencia a aprisionarla y al dogmatismo, la fortaleza e incluso el gozo
en la persecución para que no decaiga la esperanza en medio de las
pruebas.
En tercer lugar, la opción hay que realizarla con espíritu de gratuidad y
de agradecimiento. Mantener la gratuidad, recordar que todo tiene su
origen en quien nos amó primero, en quien optó por nosotros antes que
nosotros por él, que nos perdonó -también nuestros pecados contra los
pobres- por amor, que nos ha concedido ojos nuevos para ver, oídos nuevos
para escuchar v manos nuevas para actuar, es importante para que en la
opción por los pobres no se introduzca la hybris que todo lo amenaza y la
opción por los pobres no degenere, sutil o burdamente, en opción por el
propio yo, el propio grupo, la propia organización o la propia Iglesia. El
espíritu de agradecimiento es de justicia para reconocer lo que los pobres
devuelven a quienes optan por ellos, con lo cual la opción por los pobres
y sus costos se convierten en algo más que en pura exigencia ética-, se
convierte también en gozo, en el tesoro escondido por el que merece la
pena venderlo todo.
V. DIMENSION ECLESIOLÓGICA
Proseguir la opción de Jesús por los pobres y con el espíritu de Jesús es
necesario para la vida cristiana hoy. Pero es también necesario -y
fructífero- para la Iglesia como tal. La opción por los pobres es lo que
hace hoy a la Iglesia verdaderamente cristiana y por ello verdaderamente
Iglesia, y la hace crecer en todas sus dimensiones.
Por lo que toca a la vida ad extra de la Iglesia, su misión en la cual
consiste su identidad más profunda, los pobres la concretizan. Pobres, en
la Escritura, son correlativos a eu-aggelion, buena noticia. De ahí que la
misión de la Iglesia se convierta formalmente en evangelización, pero con
unas características bien precisas debido a que elige como destinatarios
de su misión a los pobres antes descritos. 1) La misión comienza con el
anuncio de lo que produce gozo y esperanza, la buena noticia, desde la
cual -y no a la inversa- habrá que entender los necesarios Componentes
doctrinales de la misión. 2) El anuncio tiene que ir acompañado de la
denuncia: pues -como en tiempo de Jesús- existen los opresores que
producen la mala realidad para los pobres, tiene que ser también mala
noticia para los opresores. 3) La buena noticia tiene que ser proclamada
no sólo como salvación, sino como estricta liberación, pues se anuncia en
medio del antirreino opresor. 4) La liberación tiene que ser correlativa a
los pobres, y por ello liberación integral que hace central aunque no se
reduzca a ello- la liberación de la injusta pobreza, de todos los males
que genera y de las estructuras injustas de opresión. 5) La buena noticia,
por tanto -como aparece en la concepción de Is y Lc-, tiene que hacerse
buena realidad, no sólo anuncio verbal de esperanza, sino práctica
concreta de la caridad. 6) La evangelización tiene que dirigirse también a
generar espíritu en los pobres para que concienticen su pobreza, trabajen
por salir de ella e imbuyan sus luchas con el espíritu descrito. 7) Por último, la evangelización debe llevarse a cabo con credibilidad -y de ahí
la importancia del testimonio- para poder comunicar como verdad lo que
históricamente es hartas veces infrecuente y suena escandaloso: que de los
pobres es el reino de DIOS.
Por lo que toca a la vida ad intra de la Iglesia, la opción por los pobres
la fuerza a, pero también le facilita, resolver el problema del estar y
del ser de la Iglesia. Dónde debe estar la Iglesia es problema difícil de
responder, pues debe simultanear el estar en el mundo, el hacerse carne en
la historia real, sin ser del mundo, sin dejarse llevar por los valores
del mundo que desde el comienzo tentaron a su fundador. Este dificilísimo
problema -y la historia lo recuerda a cada paso- se resuelve cuando la
Iglesia esta realmente en el mundo, pero en el mundo de los pobres, y en
ellos se encarna. La Iglesia está entonces en el mundo real, pero sin los
peligros del poder, la riqueza y los halagos a los que es proclive estando
en otro lugar de este mundo y que la mundanizan. Está a los pies de la
cruz, sin que la resurrección -símbolo tan frecuentemente utilizado para
justificar omnisciencia, autoritarismo y distanciamiento del mundo real-
se le convierta en tentación, sino más bien en horizonte que anima a bajar
a los pueblos crucificados de su cruz. En el mundo de los pobres la
Iglesia se hace mundanal pero no mundana.
Qué debe ser la Iglesia en su interior es cuestión teóricamente resuelta
desde el Vaticano II, pero no en la práctica: el pueblo de Dios. Lo que
pueblo de Dios expresa de igualdad y fraternidad, de peregrinaje
histórico, de caminar con humildad y esperanza, se hace realidad histórica
de mejor manera cuando la Iglesia hace de los pobres su principal sujeto y
centro inspirador. Los pobres son los que hacen crecer a la Iglesia en
cuanto tal y por la razón que enunció Puebla: su potencial evangelizador
(n. 1147). Por lo que ellos son en cuanto pobres materiales,
socioeconómicos, históricamente empobrecidos, son el recuerdo permanente
del pecado del mundo, interpelación constante a la Iglesia y exigencia
automática de conversión. Por esta razón es ya absolutamente necesario
para la Iglesia que los pobres, no aunque sean cuestionantes sino
precisamente por serlo, estén en aquel lugar de la Iglesia que los haga
inocultables y los haga permanente palabra profética de Dios a la Iglesia.
Pero, además, como prosigue Puebla, por los positivos valores evangélicos
que expresan los pobres: solidaridad, servicio, sencillez y disponibilidad
para acoger el don de Dios. De esa forma se realiza la sustancia eclesial,
la fe, la esperanza y la caridad de la Iglesia. "Los pobres con espíritu"
(1. Ellacuría), los que unifican pobreza material y el espíritu que con
más connaturalidad surge de ella, son los que hacen crecer una Iglesia
evangélica.
Esta Iglesia de los pobres tiene la capacidad de potenciar y cristianizar
-no de ignorar o rechazar, como suele criticársele- todo lo que la Iglesia
es. Se muestra creativa en la liturgia, pastoral y catequesis; produce
teología -la teología de la liberación, como la más afín a ella-; genera
magisterio eclesial, como lo muestran las cartas pastorales de monseñor
Romero o de los obispos brasileños- genera también arte y cultura, cantos
y pinturas populares, poemas como los de don Pedro Casaldáliga o de
Ernesto Cardenal. Esa Iglesia acepta y respeta los ministerios
tradicionales dentro de la Iglesia y genera otros nuevos. Para nada es
antijerárquica, desea más bien la cercanía de los obispos y la
colaboración con ellos; pero desea que sean, antes que nada, como el buen
pastor que defiende y da la vida por sus ovejas.
Esta Iglesia unifica al cuerpo eclesial desde dentro y le da carácter de
cuerpo en el que todos se lleven en solidaridad y todos aporten sus
variados carismas. Divide también y causa conflictos intraeclesiales, pero
aquellos conflictos previstos y protagonizados por el mismo Jesús,
inevitables y saludables. Esta forma de ser Iglesia origina persecución y
martirios sin cuento porque expresa la fe en el Dios de la vida y defiende
y lucha por la vida justa que Dios quiere. Se hace entonces una Iglesia
santa y con la santidad específicamente cristiana: "Nadie tiene un amor
mas grande que el que da la vida por el hermano". Esta Iglesia adquiere o
recobra credibilidad social; no ofrece opio al pueblo ni justifica la
terrible denuncia de la Escritura: "por vuestra causa el nombre de Dios es
blasfemado entre las naciones". Los pobres de este mundo -quienes optaron
por la Iglesia antes que la Iglesia por ellos- se identifican y alegran
con esta Iglesia, mientras que los opresores la atacan y buscan cómo
hacerla desaparecer. En el mundo de la increencia -al menos de aquella
originada por la alienación de la Iglesia y su desinterés salvador- se
recobra el respeto hacia la Iglesia y hacia la misma fe, cuando no se
vuelve a replantear la misma cuestión de la fe. Esta Iglesia, por último,
tiene fuerza para unificar lo que durante mucho tiempo han sido magnitudes
separables y con frecuencia separadas: realidad cristiana y realidad del
Tercer Mundo. Para ser cristiano no hace falta ya dejar de ser, de alguna
manera, el ser humano específico del Tercer Mundo; y a la inversa. Fe y
mundo de pobreza se remiten el uno al otro y se potencian el uno al otro.
La dimensión eclesial de la opción por los pobres va mucho mas allá, por
tanto, de una opción pastoral. Si la Iglesia se introduce de veras en la
dinámica de esa opción, los pobres por los que opta se le convierten en
gran riqueza para su ser y estar en el mundo y para su hacer en el mundo.
Lo que hay que añadir es que eso se percibe en la medida en que se va
haciendo real. A la Iglesia le cuesta apostar por la opción por los
pobres, pues antes de realizarla no se sabe a dónde la va a llevar. Pero
si hace la opción por los pobres, éstos le devuelven con creces los
iniciales servicios en su favor.
VI. DIMENSIÓN TRANSCENDENTE
La opción por los pobres, en el tratamiento sistemático que aquí se le ha
dado, es una opción por los pobres reales, socio-económicos, para que
dejen de serlo. Esta opción es necesaria para la fe cristiana y es también
importante para concretar cristianamente lo que es Dios, Cristo y la
Iglesia.
Este enfoque suele ser criticado o, al menos, se suele avisar de su
peligrosidad pues con ello se operaría una reducción de la fe cristiana -y
si así fuera la crítica estaría justificada-. Pero creemos más bien que lo
que opera la opción por los pobres es una concentración desde la cual
puede desarrollarse el todo de la fe cristiana. El todo a lo que siempre
hay que tender no puede abarcarse en directo, sino -consciente o
inconscientemente- desde algún punto de partida; y según sea este punto de
partida, así será también el camino que conduce a la totalidad y,
normalmente, la comprensión de la totalidad que se alcanza.
Hablamos de concentración y no de reducción porque los pobres y la opción
por ellos llevan en sí mismos siempre un más. Los pobres son más que
pobres; la liberación de su pobreza lleva a un más de liberación. La
opción por los pobres introduce en un proceso con una dinámica que lleva
al más, si no se la detiene voluntarista o pecaminosamente; abre a la
trascendencia. La opción por los pobres, si se le deja dar de sí lo que
exige y posibilita, es también una forma de caminar hacia la
trascendencia; y en el mundo actual la forma más urgente, histórica yéticamente, y la más afín a la revelación bíblica de Dios
Analicemos, en primer lugar, el más que existe en los pobres por quienes
hay que optar; más que permanece en la historia porque el definitivo reino
de Dios no les ha llegado. Lo queremos mostrar con la fenomenología del
pan, como símbolo de la vida de los pobres. El pan es lo que los pobres
necesitan y la opción debe comenzar por proporcionarles ese pan. Pero, una
vez y en la medida en que haya pan, surge la exigencia a que sea
compartido -lo ético y lo comunitario-, surge la tentación a no
compartirlo -el pecado- y la necesidad de celebrarlo por el gozo que
produce. El pan conseguido por unos es en sí mismo una pregunta por el pan
de otros, de otros grupos, de otras comunidades; por el pan de todo un
pueblo -y surge la pregunta por la liberación que los mismos pobres deben
llevar a cabo para que haya pan para todos-. Y, entonces, conseguir pan
para todo un pueblo significa práctica, reflexión, ideologías funcionales,
riesgos, amenazas. Y puede surgir la exigencia de arriesgar hasta la
propia vida para que el pan no se convierta en símbolo de egoísmo sino de
amor. Y el pan es más que pan y es más que exigencia ética. Y así se
celebra -en Centroamérica- la fiesta del maíz; y los que se juntan no sólo
comen y reparten fraternalmente el pan, sino que cantan y recitan poemas,
y el pan se va abriendo al arte y a la cultura. Y nada de esto acaece
mecánicamente, sino que en cada estadio de la realidad del pan, aparece la
necesidad de espíritu: espíritu comunitario para compartir y celebrar,
espíritu de valentía para luchar por él y espíritu de fortaleza para
mantenerse en esa lucha; espíritu de amor para que sea el pan de otros;
espíritu de reconciliación para que el conflicto y la lucha por el pan no
enturbie la utopía de la fraternidad universal. Y la buena noticia del pan
lleva a agradecer al Dios que lo ha hecho, a confesarlo como el verdadero
Dios de la vida, o puede llevar a la pregunta de por qué permite que no
haya pan para todos. Lleva a comprender a aquel que multiplicó los panes,
a confesarlo como el hermano mayor y el mediador, y a preguntarse también
por qué lo mataron. Lleva a sentirse Iglesia cuando el cuerpo eclesial se
desvive por el pan de los pobres o a cuestionarse cuando ocurre lo
contrario. Lleva también a preguntarse si hay algo más que pan, el pan de
la palabra, un pan del espíritu, necesario y buena noticia también incluso
cuando falta el pan material; a preguntarse si al final de la historia
habrá pan para todos, si la verdadera y universal fraternidad será una
realidad, si Dios será todo en todos.
Con esta fenomenología, sea cual fuere la fortuna de su descripción,
quiere recalcarse que los pobres son más que pobres. No se afirma esto
para quitar necesidad y urgencia a su necesidad de pan, a su liberación
histórica, sino para mostrar que desde ahí se va desdoblando en más su
propia realidad. La liberación integral -tal como se ha formulado en
terminología abstracta y poco dicente- viene exigida por la misma realidad
de los pobres. No haya miedo, pues, a que la opción por los pobres se
concentre en un primer momento en lo que los pobres tienen de pobres
reales, socio-económicos. En ellos se concentra, no se reduce la realidad;
y se concentra de tal modo que la misma realidad se va desdoblando en más.
Y algo análogo hay que decir de quienes hacen la opción. Esta es, en un
primer momento, la respuesta ética y práxica a una exigencia inacallable,
pero que introduce en la misma fe. En y a través de esa opción, el ser
humano se ve confrontado radicalmente con la esperanza y el amor. La
opción puede convertirse en óptima posibilidad de responder positivamente
a estas dos cuestiones últimas o, por el contrario, en retirada y
desengaño. La opción es un hacer que pudiera degenerar en hybris o, por el
contrario, estar transida de gratuidad, porque los pobres por quienes se
opta regalan ánimo, esperanza, sentido. El vivir para otros puede ir
acompañado del vivir de otros y así formular el último sentido de la vida
como un vivir con otros. De todas estas cosas, de esperanza y amor, de
gratuidad y solidaridad, se va haciendo la fe en Dios o, por el contrario,
estas cosas pudieran ser la mayor tentación para la fe. La opción por los
pobres es entonces el lugar de la fe o de su cuestionamiento. En cualquier
caso confronta al creyente con su Dios.
La opción por los pobres y la dinámica que desencadena es un modo
-histórica y bíblicamente necesario- de insertarse en la historia y de
corresponder a lo que de trascendente hay ya en la historia. Para el
creyente es el modo de caminar hoy en la historia con Dios, que nada quita
a lo que de tanteo y oscuridad hay en el caminar, pero que nada quita
tampoco a la luminosidad de caminar con Dios. Y ese caminar con Dios,
respondiendo al más en la historia, es la experiencia creyente de caminar
hacia Dios. En la tenacidad en poner siempre los signos del reino de Dios
para los pobres, en configurar la historia según el corazón de Dios, se
cree y espera que la historia se dirige al definitivo reino de Dios.
La opción por los pobres es, pues, algo parcial; pero esa parcialidad se
abre a la totalidad y desde esa parcialidad se alcanza, creemos, una
totalidad más plena y más cristiana. Dios es el Dios de todos, pero no de
la misma manera. Es en directo el Dios de los pobres, es también el Dios
de los empobrecedores en cuanto les exige una radical conversión y es el
Dios de los no-pobres en cuanto exige que éstos se pongan al servicio de
los pobres. De estas diversas formas Dios se muestra como el Dios salvador
de todos. Y lo mismo ocurre con el ser humano. En lo humano hay algo
universal; pero la realización correcta y salvífica de eso universal
comienza con la opción por el que es pobre, y termina en la solidaridad de
unos con otros. Lo humano universal se realiza salvíficamente en la
solidaridad y la fraternidad, pero en aquella que comenzó con un primer
movimiento de optar por los pobres de este mundo. En este sentido, la
opción por los pobres -con todas las analogías y mediaciones que haya que
especificar- es exigencia y salvación para todos, en el Tercer Mundo y en
todo el mundo.
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