Sábado 7 de Abril del 2006
Cuaresma 2006

La vocación del hombre


Debemos releer la vocación del hombre (los derechos humanos) a la luz de la enseñanza y el actuar de Jesús de Nazaret. En Jesús, Dios se nos reveló definitivamente. Colosenses (1, 12) dice: "El es el principio, el primero que resucitó de entre los muertos a fin de que El tuviera primacía en todo”.

La Constitución "Gaudium et Spes" N° 22 del Concilio Vaticano II concretiza este pasaje bíblico diciendo: "el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado ". "Cristo, el nuevo Adán en la misma revelación del misterio y de su amor, le manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación”. Jesús de Nazaret nos enseña cómo debemos ser auténticamente hombres.

En el documento de Puebla, que es la relectura del Evangelio a la luz de nuestra situación latinoamericana, los pastores nos dicen: "Debemos presentar a Jesús de Nazaret compartiendo la vida, las esperanzas y las angustias de su pueblo" (1 76).

Toda nuestra vida (creer-obrar) debe adquirir luz y sentido a partir de
Jesús de Nazaret.

La dimensión histórica de Jesús

Si Jesús es nuestro modelo, es porque fue plenamente hombre. Confesamos y creemos que es plenamente Dios, pero también ple­namente hombre: misterio inefable de nuestra fe.

En nuestras reflexiones siempre debemos partir del Jesús histórico (Jesús de Nazaret) hasta llegar a Cristo resucitado, proclamado por la comunidad cristiana.

Los Evangelios no son historias o biografías de Jesús, sino el anuncio de Cristo resucitado puesto en el marco histórico de Jesús de Nazaret. Es indispensable tener en cuenta estos dos estratos que corren a lo largo de todo el Evangelio.

La historia constituye una dimensión esencial de Jesús hombre. Jesús no puede aparecer como omnisciente y omnipotente. Mental y espiritualmente estuvo movido y condicionado por las experiencias y enseñanzas que históricamente le sobrevenían y luego determinaban las actitudes básicas de su existencia. Como hombre tuvo un proceso, y muy complejo, de desarrollo.

Por lo tanto, Jesús tuvo una progresividad en su conocimiento que consumó con su muerte en la cruz. No debemos considerarlo como una persona pre-programada, que todo lo sabe y viene a enseñarnos los misterios divinos, que parecería que apenas roza la tierra y la humanidad.


El ambiente en que vivió Jesús

La situación socio-económica de su tierra necesariamente debió ejercer influencia en él. Si hubo mucho hambre, epidemias y sequías en Palestina, esto ocasionó el aumento del bandolerismo y la resistencia.

Galilea estaba superpoblada. Herodes había confiscado tierras, luego vendidas a los grandes propietarios, de modo que los ricos se hacían más ricos aún. La presión socioeconómica produjo una lucha por el reparto de los bienes entre los mismos grupos explotadores. Los impuestos eran agobiantes. A los impuestos estatales se añadieron los religiosos. Los sacerdotes organizaban verdaderas batallas campales a la hora del reparto de los bienes, para distribuirse los diezmos. La aristocracia cada día se tornaba más violenta y más extorsiva en el cobro de los impuestos. Esta
presión socioeconómica produjo la aparición de los movimientos de resistencia.

En lo sociopolítico, el gobierno era teocrático. Prácticamente el reino de Dios era el reino de la aristocracia sacerdotal, la cual pactaba con la fuerza de ocupación, los romanos. En esta situación opresiva, Galilea fue el foco más fuerte de resistencia. Allí surgieron los movimientos radicalizados contra la aristocracia sacerdotal y los romanos. Judas el Galileo organizó una fuerza de resistencia armada, los Zelotes. Toda esaépoca está caracterizada por una gran violencia, durante la cual los galileos eran mal vistos entre los grupos de poder, que los acusaban de subversivos y heterodoxos.

En ese ambiente nació, creció y actuó Jesús de Nazaret.

Vocación de Jesús

Jesús, por ser galileo y por la clase social a la que perteneció, fue un marginado. Hasta cerca de los veinticinco años de edad permaneció en su pueblo natal, trabajando y luchando por su subsistencia y la de su familia. Hasta que se separó de ella y buscó otros rumbos, uniéndose a uno de los movimientos radicalizados de aquel tiempo, el de Juan el Bautista, que se había retirado al desierto. Allí escuchó el programa del Bautista: la conversión urgente ante el juicio de Dios, que ya estaba próximo. Esta conversión significaba dar a la propia vida una orientación totalmente distinta de la habitual. Concretamente, consistía en respetar los derechos humanos y la justicia: "El que tenga dos capas dé una al que no tiene y quien tenga qué comer haga lo mismo”. A los cobradores de impuestos: "No cobren más de lo debido”. A los militares: "No abusen de la gente, no hagan denuncias falsas y conténtense con lo que les pagan" (Lucas 3, 10-14).

Jesús hizo allí su opción fundamental. Se convirtió y recibió como signo el bautismo. Esto no quiere decir que estuviese antes en pecado, sino que daba una nueva orientación a su vida.

Históricamente nada podemos decir sobre el origen de la conciencia que Jesús tenía de su vocación, pero sí podemos afirmar que su actitud pública como profeta estuvo ligada a su bautismo en el Jordán. Aquí Jesús descubrió claramente que "la causa de Dios es la causa del hombre". Por lo tanto, defender los derechos del hombre es defender los derechos de Dios. Fue un propósito religioso el que movió a Jesús a decir algo sobre el hombre y su salvación definitiva.



Núcleo del mensaje de Jesús

"Después que Juan fue entregado, marchó Jesús a Galilea y proclamaba la buena noticia de Dios: El tiempo se ha cumplido y el reino de Dios está cerca; conviértanse y crean en la Buena Noticia" (Marcos 1, 14-15).

Jesús nunca predicó acerca de sí mismo, dándose títulos (Hijo de Dios, Mesías) o acerca de su muerte redentora o de su resurrección. El tema exclusivo de Jesús fue el reino de Dios, y ésta fue la causa por la cual vino, actuó y murió.

Jesús nunca definió lo que era el reino (o reinado = malkuta) de Dios. Vivió en un ambiente donde todos lo sabían. No era un reino en sentido territorial, sino un reinado. Tampoco un reino del más allá, ultramundo. Ni siquiera un reino de arriba, espiritual. Era un estado de cosas, precedido por un acontecer, en el cual Dios ejercía su soberanía, actuando como Señor y Rey.

Por lo tanto, "reino de Dios" era un concepto abarcador. En aquel tiempo significaba todo lo que el hombre podía anhelar, como dicha, paz, alegría, realización plena.

El mundo de Jesús era un mundo dominado por el mal -el odio la violencia, la injusticia, la angustia y la falsedad- donde el único derecho era la fuerza. Jesús trajo la buena noticia de que todo eso iba a cambiar, que se iba a producir un viraje decisivo en la historia y que, por lo tanto, había que convertirse.

Jesús estuvo condicionado a su tiempo. Esperaba una intervención especial de Dios y que eso sucediera muy pronto. Aunque no sucedió de esa manera, si aconteció en su sentido más profundo. Ese cambio implicaba que había que hacer presente ya el reino de Dios, oponiéndose a un mundo maligno por medio de la lucha contra la violencia, el odio y las injusticias. En definitiva, defendiendo los derechos humanos de los oprimidos.

Lo que Jesús concretamente anunciaba era la realización plena y la liberación total del hombre, erradicando todo mal y superando las alienaciones humanas. Por lo tanto, la predicación de Jesús -la causa que Dios defendió- fue lo que hoy llamamos la lucha por los derechos humanos, sabiendo que la consecuencia plena de esa de esa meta sólo se alcanzará en la escatología.

Destinatarios del mensaje

Jesús se identificó con la causa de Dios en cuanto es causa del hombre. Jesús anunció la buena noticia a los marginados y pecadores: "No son los sanos los que tienen la necesidad del médico, sino los enfermos. Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los peca­dores" (Marcos 2, 17).

Jesús manifestó su profundo convencimiento de saberse enviado para transmitir especialmente a los marginados el mensaje del reino de Dios. Jesús buscó hacer posible la comunión con los pecadores y defender sus derechos, mezclándose con ellos hasta el punto de perderse. La muerte de Jesús fue la confirmación de una vida dedicada a invitar a los pecadores a salir de su marginación para estar más unidos con Dios.

Jesús anunció la buena nueva a los pobres: "Bienaventurados los pobres, porque de ustedes es el reino de Dios. Bienaventurados los que tienen hambre, porque serán saciados. Bienaventurados los que lloran ahora, porque reirán. Bienaventurados cuando proscriban su nombre como malo" (Lucas 6, 20-25). De acuerdo con la situación socio-religiosa de Israel, los pobres - los hambrientos, los que lloran- eran los desclasados. Quienes por la presión política, económica y religiosa no tenían medio humano alguno para hacer valer sus propios derechos, sólo podían confiar en Dios. A éstos, Jesús les anunció la felicidad. Con la venida del reino, ya próxima, recuperarían sus derechos conculcados.

Analizando el mensaje del reino de Dios, vemos que la salvación del reino es el movimiento desde la muerte hacia la vida, que debe culminar en la vida plena. Por lo tanto debe ser íntegra -todo el hombre-, comunitaria - cada uno se salva en la medida que aporta a la salvación de los demás -, intramundana - tarea de este mundo que se consumará en el más allá- y en la historia - proceso colectivo en base a opciones libres -.

El movimiento impulsado por Jesús

Ante la predicación del reino se suscitó un movimiento de renovación, que fue el de Jesús. La casi totalidad de sus seguidores per­tenecían a las capas sociales amenazadas por las deudas y el condicionamiento: pescadores, artesanos, campesinos.

Jesús no fundó primariamente comunidades locales, sino que creó un movimiento de "carismáticos ambulantes" que se trasladaba de sitio en sitio. No era una forma de vida institucionalizada. Tenía un gran desarraigo, ya que se renunciaba a un lugar estable, a la familia, a. la propiedad y hasta a la propia defensa, ya que co­rrían el riesgo de la ilegalidad y el desamparo. En concreto, un movimiento que sufrió toda la
angustia y las consecuencias de la marginación.

Jesús -y todo su movimiento- buscó la superación de las tensiones en que vivía la sociedad de su tiempo. No siguió el camino de los Zelotes, que buscaban una solución por medio de la violencia, ni el de la comunidad de Qumrám, que trataba de encontrar la solución en la vida ascética y separada de la sociedad. Ante un mundo que se desmoronaba por el exceso de represión y agresividad - con una carencia total de derechos para los marginados- buscó renovarlo, pero desde adentro, mediante una visión de amor y reconciliación. El mandamiento del amor fue el centro de todo, hasta las últimas consecuencias, inclusive amar a los enemigos.

Sin embargo, Jesús fue víctima de la agresividad reinante, siendo liquidado por las fuerzas políticas, económicas y religiosas de esa sociedad.

Significado de la muerte en la cruz

Jesús anunció el reino de Dios. El tema de su predicación no fue su propia muerte, ni su resurrección. Estas son proyecciones pos-pascuales. Él esperaba esta en vida a la llegada del reino. La radicalidad de sus exigencias, que desinstalaban al poder reinante y movían al pueblo a un cambio total, hicieron que su predicación fracasara. Ante la crisis de Galilea Jesús fue abandonado por todos, menos por un grupo de discípulos, y vio que los detentadores del poder político y religioso lo consideraban peligroso, tramando su muerte. Desde ese momento, contó con la posibilidad de su muerte violenta. Pero aun ante esta posibilidad no traicionó su vocación y su misión. No modificó su comportamiento fundamental, previendo que su fin podía ser el mismo que el de todos los profetas y justos de la historia de Israel.

Yendo hacia Jerusalén, esperaba la irrupción del reino y el triun­fo de su causa: la causa de Dios y de los hombres. Pero el reino no vino. En el Getsemaní, sintió así la experiencia de una frustración histórica, pero al mismo tiempo tuvo una absoluta confianza en el futuro de Dios para el hombre. Cayó la representación figurativa con que se manifestó su esperanza, pero no la propia esperanza, su fe.

Jesús de Nazaret no dio sentido redentor a su muerte. Su muerte tuvo el mismo sentido de su vida: una entrega como servicio a los demás, para defender sus derechos hasta las últimas consecuencias. Prefirió morir antes que ser infiel a su causa, a su misión: liberar a los marginados. En un mundo de violencia no tenía otro me­dio para decir cuál era la causa de Dios que muriendo, por eso no se volvió atrás ante la muerte. En este sentido, la muerte y toda la vida de Jesús fue redentora, como signo de la entrega de Jesús. La cruz es el símbolo del odio, pero Jesús la transformó en signo de amor.

¿Quién mató a Jesús? Su muerte es un testimonio. Denuncia las injusticias de este mundo y todos los sistemas (político-religiosos) que pretenden monopolizar la verdad y el bien hasta liquidar a los oprimidos, no respetando ningún derecho humano. Lo trágico es que a Jesús lo condenaron legalmente -con conciencia recta- los hombres más piadosos de su tiempo, creyendo que con esto hacían un homenaje a Dios. Lo condenaron los poseedores del derecho romano, creyendo que con ello hacían un homenaje a la sociedad. Les faltó una "conciencia crítica". Pascal decía que "jamás hacemos el mal tan perfectamente como cuando lo hacemos con conciencia recta". Todo hombre, aun el mejor intencionado y con la mejor buena voluntad, puede equivocarse trágicamente. Es que esa conciencia "recta" está manejada por ideologías o convenciones sociales que distorsionan totalmente la realidad, pudiendo llegarse a creer que se hace un homenaje a Dios matando al hombre. Por eso debemos dejarnos interpelar continuamente por la obra de Jesús, quien nos da la pauta clara de dónde está la auténtica presencia de Dios: en la defensa de los derechos del marginado.

El día de la muerte de Jesús todo pareció ser un fracaso: el agitador ajusticiado, sus seguidores habían escapado, Dios en silencio. Una vez más parecía que quienes defienden los derechos humanos, terminan en un total fracaso.

2. DIOS RESUCITO A JESUS DE ENTRE LOS MUERTOS

Dios, resucitando a Jesús de entre los muertos, demostró que Jesús tenía razón: que vivir por la verdad y la justicia no es un sin sentido. AI oprimido, al liquidado y sin derechos le está reservada la vida será juez y dador de la vida.

En Jesús, la resurrección significa la victoria de la vida, del derecho del oprimido, de la justicia del débil. Dios da razón al oprimido y la quita a los opresores. Dios aprobó la vida y las obras de Jesús de Nazaret.

Consecuencias de la Resurrección

Predicar la resurrección es entrar en conflicto (Hechos 4, 1-3). Hoy nadie es encarcelado y asesinado por predicar la resurrección. Es un tema descomprometido que no molesta a nadie. En cambio, para los discípulos era una denuncia: "ustedes lo han matado, pero Dios lo ha resucitado" (Hechos 3, 15). Afecta a quienes lo oyen. Por lo tanto, predicar la resurrección es vivir y hablar de tal manera que se da la razón a Jesús y se la quita a quienes se comportaron como los que lo asesinaron. Esto sí compromete. Esto resulta conflictivo. Quiere decir: Jesús fue perseguido y asesinado por defender la causa del hombre, los derechos de los pobres y marginados. Cuantos sufren el mismo tipo de persecución son los que viven la forma
fundamental de presencia del resucitado en sus vidas. Quienes jamás han sido perseguidos o molestados, sino que viven aplaudidos y estimados, tienen que preguntarse si su fe en la resurrección no es una nueva ideología que los ilumina engañosamente.

El resucitado está presente donde la vida lucha contra la muerte: "Y él murió por todos, a fin de que los que viven no vivan más para sí mismos, sino para aquél que murió y resucitó por ellos" (2 Corintios 5, 15).

La resurrección cristiana es el triunfo definitivo sobre la muerte. El destino de cada cristiano es el destino de Jesús. No se trata sólo del triunfo en la otra vida, sino del triunfo de la vida sobre la muerte ya, desde ahora, en nuestro mundo e historia. La resurrección se vive y Se hace presente donde la vida lucha contra la muerte, donde se lucha y hasta se muere para evitar la muerte o las causas de la muerte con los medios que estén a nuestro alcance. Jesús es la plenitud de la resurrección porque es la plenitud de la vida. Creer en Jesús resucitado es comprometerse por la lucha en favor de la vida, por una vida más humana, con sus derechos, más plena, más feliz.

Esperanza y Compromiso

No hay fracaso, ni muerte por el reino que nos pueda hundir. Estamos seguros de que nuestra vida no está condenada al fracaso y la destrucción. Allí donde se estrellan todas las esperanzas humanas, allí precisamente empieza la esperanza del creyente. Puede haber personas o grupos que se cansan de luchar. A fuerza de fra­casos y decepciones, dicen: "¡Ya basta!" y se dejan llevar cómodamente por la corriente. Es entonces cuando debemos preguntar: "¿Dónde está la fe en la resurrección y la esperanza de esa gente?".

¿Dónde se hace presente Cristo resucitado? En los que luchan en favor de la vida, contra la muerte. Son los que actúan, no los que saben. Aun los creyentes anónimos que actúan en favor de todo lo que actuó Jesús. En cambio, puede haber "cristianos ateos", quienes no se solidarizan con los marginados y pobres.

Cristo resucitado se hace presente también en los inconformistas frente a la realidad injusta que vivimos. En los inevitablemente conflictivos, que luchando por la paz y la vida plena, indefectiblemente se enfrentarán con los violentos de la tierra. En los que tienen la mirada puesta en el futuro, los forjadores de la historia.

Jesús sirvió a la humanidad gestando su salvación. Las Iglesias cristianas, continuadoras de Jesús, deben tener esta única suprema misión.

Hay aspectos de la existencia humana en que la acción de salva­ción es más inmediatamente necesaria. Las circunstancias históricas son las que deciden: los pobres, los marginados, los privados de los derechos más elementales correspondientes a la dignidad humana, ellos son quienes aquí y ahora deben ser los destinatarios de nuestra misión concreta.