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¿Cómo es una Iglesia que se parece a Jesús?
Parecerse a Jesús es reproducir la estructura de su vida. Según los
evangelios, esto significa encarnarse y llegar a ser carne real en la
historia real. Significa llevar a cabo una misión, anunciar la buena
noticia del Reino de Dios, iniciarlo con signos de todo tipo y denunciar
la espantosa realidad del anti-reino. Significa cargar con el pecado del
mundo, sin quedarse mirándolo sólo desde fuera -pecado, por cierto, que
sigue mostrando su mayor fuerza en el hecho de que da muerte a millones de
seres humanos. Significa, por último, resucitar, teniendo y dando a los
demás vida, esperanza y gozo.
Qué es lo que da coherencia última a esa estructura de la vida de Jesús es
algo que puede ser pensado de diversas formas: su fidelidad, su esperanza,
su servicio... Por supuesto que ninguna de estas realidades es excluyente
de las otras, sino que todas son entre sí complementarias, y cualquiera de
ellas podría servir para unificar la vida de Jesús. Lo que queremos
proponer en este artículo es que el principio que nos parece más
estructurante de la vida de Jesús es la misericordia; por ello, debe serlo
también de la Iglesia.
1. El Principio-Misericordia
El término "misericordia" hay que entenderlo bien, porque puede connotar
cosas verdaderas y buenas, pero también cosas insuficientes y hasta
peligrosas: sentimiento de compasión (con el peligro de que no vaya
acompañado de una praxis), "obras de misericordia" (con el peligro de que
no se analicen las causas del sufrimiento), alivio de necesidades
individuales (con el peligro de abandonar la transformación de las
estructuras), actitudes paternales (con el peligro del paternalismo)...
Para evitar las limitaciones del concepto "misericordia" y los
malentendidos a que se presta, no hablamos simplemente de "misericordia",
sino del "Principio-Misericordia" del mismo modo que Ernst Bloch no
hablaba simplemente de "esperanza", como una de entre muchas realidades
categoriales, sino del "Principio-Esperanza".
Digamos que por "Principio-Misericordia" entendemos aquí un específico
amor que está en el origen de un proceso, pero que además permanece
presente y activo a lo largo de él, le otorga una determinada dirección y
configura los diversos elementos dentro del proceso. Ese"Principio-Misericordia" -creemos- es el principio fundamental de la
actuación de Dios y de Jesús, y debe serlo de la Iglesia.
1.1. "En el principio estaba la misericordia"
Es sabido que en el origen del proceso salvífico está presente una acción
amorosa de Dios: "He visto la opresión de mi pueblo en Egipto, he oído sus
quejas contra los opresores, me he fijado en sus sufrimientos y he bajado
a liberarlos " (Ex 3,7s). Es hasta cierto punto secundario el establecer
con qué término haya que describir esa acción de Dios, aunque lo más
adecuado es denominarla «liberación». Lo que aquí nos interesa recalcar,
sin embargo, es la estructura del movimiento liberador: Dios escucha los
clamores de un pueblo sufriente y, por esa sola razón, se decide a
emprender la acción liberadora. [1].
A esta acción del amor así estructurada la llamamos «misericordia». Y de
ella hay que decir: a) que es una acción o, más exactamente, una re-acción
ante el sufrimiento ajeno interiorizado, que ha llegado hasta las entrañas
y el corazón propios (sufrimiento, en este caso, de todo un pueblo,
infligido injustamente y a los niveles básicos de su existencia); y b) que
esta acción es motivada sólo por ese sufrimiento.
El sufrimiento ajeno interiorizado es, pues, principio de la reacción de
misericordia; pero ésta, a su vez, se convierte en principio configurador
de toda la acción de Dios, porque: a) no sólo está en el origen, sino que
permanece como constante fundamental en todo el Antiguo Testamento (la
parcialidad de Dios hacia las víctimas por el mero hecho de serlo, la
activa defensa que hace de ellas y su designio liberador para con ellas);
b) desde ella cobra lógica interna tanto la historización de la exigencia
de la justicia como la denuncia de los que producen injusto sufrimiento;
c) a través de esa acción -no sólo con ocasión de ella- y de sucesivas
acciones de misericordia, se revela el mismo Dios; y d) la exigencia
fundamental para el ser humano y, específicamente, para su pueblo es que
rehagan esa misericordia de Dios para con los demás y, de ese modo, se
hagan afines a Dios.
Parafraseando la Escritura, podríamos decir que, si en el principio
absoluto-divino «está la palabra» (Jn 1,1) y a través de ella surgió la
creación (Gn 1,1), en el principio absoluto histórico-salvífico está la
misericordia, y ésta se mantiene constante en el proceso salvífico de
Dios.
1.2. La misericordia según Jesús
Esta primigenia misericordia de Dios es la que aparece historizada en la
práctica y en el mensaje de Jesús. El misereor super turbas no es sólo una
actitud "regional" de Jesús, sino lo que configura su vida y su misión y
le acarrea su destino. Y es también lo que configura su visión de Dios y
del ser humano.
a ) Cuando Jesús quiere hacer ver lo que es el ser humano cabal cuenta la
parábola del buen samaritano. Es un momento solemne en los evangelios que
va más allá de la curiosidad por saber cuál es el mayor de los
mandamientos. Se trata, en dicha parábola, de decirnos en una palabra lo
que es el ser humano. Pues bien, ese ser humano cabal es aquel que vio a un herido en el camino, re-accionó y le ayudó en todo lo que pudo. No nos
dice la parábola qué fue lo que discurrió el samaritano ni con qué
finalidad última actuó. Lo único que se nos dice es lo que hizo "movido a
misericordia".
El ser humano cabal es, pues, el que interioriza en sus entrañas el
sufrimiento ajeno -en el caso de la parábola, el sufrimiento injustamente
infligido- de tal modo que ese sufrimiento interiorizado se hace parte de él y se convierte en principio interno, primero y último de su actuación.
La misericordia -como re-acción- se torna la acción fundamental del hombre
cabal. Esta misericordia no es, pues, una entre otras muchas realidades
humanas, sino la que define en directo al ser humano. Por una parte, no
basta para definirlo, pues el ser humano es también un ser del saber, del
esperar y del celebrar; pero, por otra parte, es absolutamente necesaria.
Ser un ser humano es, para Jesús, reaccionar con misericordia; de lo
contrario, ha quedado viciada de raíz la esencia de lo humano, como
ocurrió con el sacerdote y el levita, que "dieron un rodeo".
Esa misericordia es también la realidad con la que en los evangelios se
define a Jesús, el cual hace con frecuencia curaciones tras la petición:"ten misericordia", y actúa porque siente compasión de la gente. Y con esa
misericordia se describe también a Dios en otra de las parábolas
fundantes: el Padre sale al encuentro del hijo pródigo y, cuando lo ve
-movido a misericordia-, reacciona, lo abraza y organiza una fiesta.
b) Si con la misericordia se describe al ser humano, a Cristo y a Dios,
estamos, sin duda, ante algo realmente fundamental. Es el amor, podrá
decirse con toda la tradición cristiana, como si fuese lo ya sabido; pero
hay que añadir que es una específica forma del amor: el amor práxico que
surge ante el sufrimiento ajeno injustamente infligido [2] para
erradicarlo, por ninguna otra razón más que la existencia misma de ese
sufrimiento y sin poder ofrecer ninguna excusa para no hacerlo.
Elevar a principio esta misericordia puede parecer un mínimo; pero, según
Jesús, sin ella no hay humanidad ni divinidad y, como todos los mínimos,
es un verdadero máximo. Lo importante es que ese mínimo-máximo es lo
primero y lo último: no existe nada anterior a la misericordia para
motivarla, ni existe nada más allá de ella para relativizarla o rehuirla.
De forma sencilla, puede apreciarse esto en el hecho de que el samaritano
sea presentado por Jesús como ejemplo consumado de quien cumple el
mandamiento del amor al prójimo; pero en el relato de la parábola no
aparece para nada que el samaritano socorra al herido para cumplir un
mandamiento, por excelso que sea, sino, simplemente, "movido a
misericordia".
De Jesús se dice que hace curaciones, y a veces se le muestra entristecido
porque los curados no se lo agradecen; pero en modo alguno aparece que
Jesús realizara dichas curaciones para recibir agradecimiento (ni para que
llegaran a pensar en su peculiar realidad o en su poder divino), sino"movido a misericordia".
Del Padre celestial se dice que acogió al hijo pródigo; pero no se insinúa
siquiera que aquello fuese una sutil táctica para conseguir lo que
supuestamente le interesaba (que el hijo confesara sus pecados y, de ese
modo, pusiera en orden su vida), sino que actúa simplemente "movido a
misericordia".
Misericordia es, pues, lo primero y lo último; no es simplemente el
ejercicio categorial de las llamadas "obras de misericordia", aunque pueda
y deba expresarse también en éstas. Es algo mucho más radical: es una
actitud fundamental ante el sufrimiento ajeno, en virtud de la cual se
reacciona para erradicarlo, por la única razón de que existe tal
sufrimiento y con la convicción de que, en esa reacción ante deber-ser del
sufrimiento ajeno, se juega, sin escapatoria posible el propio ser.
c) En la parábola se ejemplifica cómo la realidad histórica está transida
de falta de misericordia -expresada en el sacerdote y el levita-, lo cual
es ya espantoso para Jesús; pero, además los evangelistas muestran que la
realidad histórica está configurada por la anti-misericordia activa, que
hiere y da muerte a los seres humanos y amenaza y da muerte también a
quienes se rigen por el "Principio-Misericordia".
Por ser misericordioso -no por ser un "liberal"-, Jesús antepone la
curación del hombre de la mano seca a la observancia del sábado Su
argumentación para ello es obvia e inatacable: "¿Es lícito hacer en sábado
el bien en lugar del mal, salvar una vida en lugar de perderla?" (Mc 3,4).
Sin embargo, sus adversarios -descritos, por cierto, con términos
antitéticos a Jesús: "la dureza de su corazón" (v. 5)- no sólo no quedan
convencidos, sino que hacen contra Jesús, y así el relato concluye de
manera espeluznante: "En cuanto salieron, los fariseos se confabularon con
los herodianos contra él, para ver cómo eliminarlo" (v. 6).
Sea anacrónica o no la cronología de este pasaje, lo fundamental es que
muestra la existencia de la misericordia y de la anti-misericordia.
Mientras aquélla se reduzca a sentimientos o a puras obras de
misericordia, la anti-misericordia la tolera; pero cuando la misericordia
es elevada a principio y subordina el sábado a la erradicación del
sufrimiento, entonces la anti-misericordia reacciona. Por trágico que
pueda parecer, Jesús murió ajusticiado por ejercitar la misericordia
consecuentemente y hasta el final. La misericordia es, pues, misericordia
que llega a ser a pesar de y en contra de la anti-misericordia.
d) A pesar de ello, Jesús proclama: "¡Dichosos los misericordiosos!". La
razón que da Jesús en el evangelio de Mateo parece ir en la línea de la
recompensa: "alcanzarán misericordia". Pero la razón más honda es
intrínseca. Quien vive según el "Principio-Misericordia" realiza lo más
hondo del ser humano, se hace afín a Jesús -el "homo verus" del dogma- y
al Padre celestial.
En esto consiste, podríamos decir, la felicidad que ofrece Jesús:"Dichosos, benditos vosotros, los que ejercitáis la misericordia, los de
ojos limpios, los que trabajáis por la paz, los que tenéis hambre y sed de
justicia, los perseguidos por ella, los pobres...". Escandalosas pero
iluminadoras palabras. Jesús quiere que los seres humano sean felices, y
el símbolo de esa felicidad consiste en llegar a estar unos con otros, en
la mesa compartida. Pero mientras no aparezca en la historia la gran mesa
fraternal del Reino de Dios, hay que ejercitar la misericordia, y eso
-dice Jesús- produce gozo, alegría, felicidad...
1.3. El "Principio-Misericordia"
Estas breves reflexiones sobre la misericordia pueden ayudar a comprender
lo que entendemos por "Principio-Misericordia". La misericordia no es lo único que ejercita Jesús, pero sí es lo que está en su origen y lo que
configura toda su vida, su misión y su destino. A veces aparece
explícitamente en los relatos evangélicos la palabra "misericordia", y a
veces no. Pero, con independencia de ello, siempre aparece como transfondo
de la actuación de Jesús el sufrimiento de las mayorías, de los pobres, de
los débiles, de los privados de dignidad, ante quienes se le conmueven las
entrañas. Y esas entrañas conmovidas son las que configuran todo lo que él
es: su saber, su esperar, su actuar y su celebrar.
Así, su esperanza es la de los pobres que no tienen esperanza y a quienes
anuncia el Reino de Dios. Su praxis es en favor de los pequeños y los
oprimidos (milagros de curaciones, expulsión de demonios, acogida de los
pecadores...). Su "teoría social" está guiada por el principio de que hay
que erradicar el sufrimiento masivo e injusto. Su alegría es júbilo
personal cuando los pequeños entienden, y su celebración es sentarse a la
mesa con los marginados. Su visión de Dios, por último, es la de un Dios
defensor de los pequeños y misericordioso con los pobres. En la oración
por antonomasia, el "Padre nuestro", es a ellos a quienes invita a llamar
Padre a Dios.
No hay espacio ahora para extendernos en esto. Sólo lo apuntaremos para
comprender bien lo que queremos decir con el "Principio-Misericordia"
informa todas las dimensiones del ser humano: la del conocimiento, la de
la esperanza, la de la celebración y, por supuesto, la de la praxis. Cada
una de ellas tiene su propia autonomía, pero todas ellas pueden y deben
ser configuradas y guiadas por uno u otro principio fundamental. En Jesús
-como en su Dios-, pensamos que ese principio es el de la misericordia.
Para Jesús, la misericordia está en el origen de lo divino y de lo humano.
Según ese principio se rige Dios y deben regirse los humanos, y a ese
principio se supedita todo lo demás. Y que esto no es pura reconstrucción
especulativa se ve bien claro en el decisivo pasaje de Mt 25: quien
ejercita la misericordia -sea cual sea el ejercicio de otras dimensiones
de su realidad humana- "se ha salvado", ha llegado a ser para siempre el
ser humano cabal. El juez y los juzgados están ante la misericordia, y
ante sólo ella. Lo que hay que añadir es que el criterio que emplea el
juez no es arbitrario: el mismo Dios se ha mostrado como quien reacciona
con misericordia ante el clamor de los oprimidos, y por eso la vida de los seres humanos se decide en virtud de la respuesta a ese clamor.
2. La Iglesia de la misericordia
Este "Principio-Misericordia" es el que debe actuar en la Iglesia de
Jesús; y el pathos de la misericordia es lo que debe informarla y
configurarla. Esto quiere decir que también la Iglesia, en cuanto Iglesia,
debe releer la parábola del buen samaritano con la misma expectativa, con
el mismo temor y temblor con que la escucharon los oyentes de Jesús: qué
es lo fundamental; en qué se juega todo. Muchas otras cosas deber ser y
hacer la Iglesia; pero, si no está transida -por cristiana y por humana-
de la misericordia de la parábola, si no es, antes que nada, buena
samaritana, todas las demás cosas serán irrelevantes y podrán ser incluso
peligrosas si se hacen pasar por su principio fundamental.
Veamos en algunos puntos significativos cómo el "Principio-Misericordia"
informa y configura a la Iglesia.
2.1. Una Iglesia des-centrada por la misericordia
Es problema fundamental para la Iglesia el determinar cuál es su lugar. La
respuesta formal es conocida: su lugar es el mundo, una realidad
lógicamente exterior a ella misma. Pues bien, el ejercicio de la
misericordia es lo que pone a la Iglesia fuera de sí misma y en un lugar
bien preciso: allí donde acaece el sufrimiento humano, allí donde se
escuchan los clamores de los humanos ("Were you there when they crucified
my Lord?", como dice el canto de los negros oprimidos de Estados Unidos
que vale más que muchas páginas de eclesiología). El lugar de la Iglesia
es el herido en el camino -coincida o no este herido, física y
geográficamente, con el mundo intraeclesial-; el lugar de la Iglesia es"lo otro", la alteridad más radical del sufrimiento ajeno, sobre todo el
masivo, cruel e injusto.
Ponerse en ese lugar no es nada fácil para la llamada "Iglesia
institucional" pero tampoco lo es para la llamada "Iglesia progresista" ni
para los puramente progresistas dentro de ella. Por poner un ejemplo de
actualidad: es urgente, justo y necesario exigir el respeto a los derechos
humanos y la libertad dentro de la Iglesia, ante todo por razones éticas,
porque son signos de fraternidad -signos, por tanto, del Reino de Dios- y
porque sin ellos la Iglesia no se hace creíble en el mundo de hoy. Pero no
hay que olvidar que con ello seguimos todavía, lógicamente, en el interior
de la Iglesia. Con prioridad lógica, hay que preguntarse cómo andan los
derechos de la vida y de la libertad en el mundo. Este segundo enfoque
está regido por el "Principio-Misericordia" y cristianiza lo primero, pero
no necesariamente a la inversa. El cristianismo "misericordioso" puede ser
progresista, pero éste, a veces, no es misericordioso.
Espero que se haya entendido bien lo que queremos decir con este ejemplo:
es urgente la humanización de la Iglesia en su interior, pero es primario
que la Iglesia se piense desde el exterior, desde "el camino" en que se
encuentra el herido. Es urgente que el cristiano, el sacerdote y el
teólogo, por ejemplo, reclamen su legítima libertad en la Iglesia, hoy
coartada; pero es mas urgente reclamar la libertad de millones de seres
humanos que no la tienen simplemente para sobrevivir ante la pobreza, para
vivir ante la represión, ni siquiera para pedir justicia o una simple
investigación de los crímenes de que son objeto.
Cuando la Iglesia sale de sí misma para ir al camino en el que se
encuentran los heridos, entonces se des-centra realmente y, así, se
asemeja en algo sumamente fundamental a Jesús, el cual no se predicó a sí
mismo, sino que ofreció a los pobres la esperanza del Reino de Dios y
sacudió a todos, lanzándolos a la construcción de ese Reino. En suma: el
herido en el camino es el que des-centra a la Iglesia, el que se Convierte
en el otro (y en el radicalmente otro) para la Iglesia. La re-acción de la
misericordia es lo que verifica si la Iglesia se ha des-centrado y en qué
medida lo ha hecho.
2.2. La historización de los clamores y de la misericordia
Siempre y en todas partes hay muchas clases de heridas, físicas y
espirituales. Su magnitud y hondura varían por definición, y la
misericordia debe re-accionar para sanarlas todas ellas. Sin embargo, la
Iglesia no debiera caer en la precipitada universalización de las heridas,
como si todas ellas expresaran los mismos clamores, ni debiera invocar
dicha universalización para justificarse diciendo que ella siempre ha
propiciado las obras de misericordia, lo cual es cierto. Todo sufrimiento
humano merece absoluto respeto y exige respuesta, pero ello no significa
que no haya que jerarquizar de alguna forma las heridas del mundo de hoy.
Indudablemente, en cada Iglesia local hay heridas específicas tanto
físicas como espirituales, y todas ellas han de ser sanadas y vendadas.
Pero, ya que la Iglesia es una y católica -como se dice de la verdadera
Iglesia-, hay que ver, ante todo, cómo anda ese herido que es el mundo en
su totalidad. Cuantitativamente, el mayor sufrimiento, en este planeta con
más de cinco mil millones de seres humanos, lo constituye la pobreza, que
lleva a la muerte y a la indignidad que le es aneja, y ésta sigue siendo
la herida mayor. Y esa gran herida aparece con mucha mayor radicalidad en
el tercer mundo que en primero. Aunque sea teóricamente conocido, hay que
repetirlo: por el mero hecho de haber nacido en El Salvador, o en Haití, o
en Bangladesh, o en el Tchad -como decía Ignacio Ellacuría-, los humanos
tienen muchísima menos vida y muchísima menos dignidad que los que han
nacido en Estados Unidos, en Alemania o en España. Esta es hoy la herida
fundamental; y esto significa -recordémoslo en lenguaje cristiano- que lo
que está herido es la misma creación de Dios.
Esta herida mayor es la mayor herida para cualquier Iglesia local, no sólo
por la magnitud del hecho en sí mismo, sino también por la
corresponsabilidad en ella de cualesquiera instancias locales (gobiernos,
partidos, sindicatos, ejércitos, universidades... y también iglesias). Si
una Iglesia local no atiende a esa herida mundial, no podrá decirse de
ella que está regida por el "principio-Misericordia" [3].
Nada de ello impide que haya que atender a las heridas locales, algunas en
la línea descrita: el llamado "cuarto mundo" dentro del primero y otras
heridas específicas de ese primer mundo (el individualismo egoísta y el
romo positivismo, que privan de sentido y de fe). A todo ello hay que
atender con misericordia, pero sin hacer pasar a segundo plano lo que es
primero, e incluso preguntándose si una parte de la raíz de ese sinsentido
-del malestar de la cultura- no proviene, consciente o inconscientemente,
de la corresponsabilidad en haber generado un planeta mayoritariamente
herido por la pobreza y la indignidad.
2.3. La misericordia consecuente hasta el final
A la Iglesia, como a toda institución, le cuesta re-accionar con
misericordia, y le cuesta mucho más mantener ésta. En términos teóricos,
le cuesta mantener la supremacía del Reino de Dios sobre ella misma,
aunque justifique esta nada cristiana inversión de valores afirmando que
mantener la existencia misma de la Iglesia es ya un gran bien, porque -a
la larga- la Iglesia siempre humanizará al mundo y propiciará el Reino de
Dios. En términos sencillos, digamos que cuesta mantener la supremacía de
la misericordia sobre el egocentrismo, que inevitablemente acaba en
egoísmo. De ahí la tentación del "rodeo" del sacerdote y del levita. Pero
cuesta mantenerla, sobre todo, cuando, por defender al herido, se enfrenta
con los habitualmente olvidados de la parábola, los "salteadores", y
cuando éstos reaccionan.
En este mundo se aplauden o se toleran "obras de misericordia", pero no se
tolera a una Iglesia configurada por el "Principio-Misericordia", el cual
la lleve a denunciar a los salteadores que producen víctimas, a
desenmascarar la mentira con que cubren la opresión y a animar a las
víctimas a liberarse de ellos. En otras palabras: los salteadores del
mundo anti-misericordioso toleran que se curen heridas, pero no que se
sane de verdad al herido ni que se luche para que éste no vuelva a caer en
sus manos.
Cuando eso ocurre, la Iglesia -como cualquier otra institución- es
amenazada, atacada y perseguida, lo cual, a su vez, verifica que la
Iglesia se ha dejado regir por el "Principio-Misericordia" y no se ha
reducido simplemente a las "obras de misericordia". Y la ausencia de tales
amenazas, ataques y persecuciones verifica, a su vez, que la Iglesia habrá
podido realizar "obras de misericordia" pero no se ha dejado regir por el"Principio-Misericordia".
En América Latina, ambas cosas aparecen con toda claridad. Existe una
Iglesia que practica las "obras de misericordia" pero no acepta regirse
por el "Principio-Misericordia". Y existe otra Iglesia configurada por
este principio, el cual la lleva a propiciar aquellas obras, por supuesto,
pero también la lleva -como a Dios y a Jesús- más allá de ellas. Entonces,
practicar la misericordia es también tocar los ídolos, :los dioses
olvidados" -como certeramente los llama J. L. Sicre-, lo cual no significa
que sean ya los dioses superados, pues siguen bien presentes, aunque
encubiertos. Entonces es cuando se hace existencialmente inevitable la
opción por mantener la misericordia como lo primero y lo último: si se
corren o no riesgos por ello, y cuáles y cuántos.
No vale ser ingenuos, y hay que aceptar con realismo el principio de
subsistencia que configura a la Iglesia, como a cualquier institución.
Pero alguna vez hay que mostrar misericordia con ultimidad, y eso sólo se
hace en presencia de aquello que le hace contra. Así lo hizo Monseñor
Romero. No fue fácil para él comenzar con la misericordia, y menos fácil
le fue mantenerla. Ello le supuso dolorosos conflictos intraeclesiales y
arriesgar su anterior prestigio eclesial, su fama, su cargo de arzobispo y
hasta su propia vida. Pero le supuso también arriesgar algo todavía más
difícil e infrecuente de arriesgar: la institución. Y así, por mantener la
misericordia, vio cómo eran destruidas plataformas institucionales de la
Iglesia (la radio y la imprenta del arzobispado) y cómo se diezmaba a la
Iglesia institucional con capturas, expulsiones y asesinatos de los
símbolos más importantes de la institución: sacerdotes, religiosas,
catequistas, delegados de la palabra... Sin embargo, Monseñor Romero se
mantuvo firme en el "Principio-Misericordia" y, en presencia de los
ataques a la institución, añadió incluso estas escalofriantes palabras,
sólo comprensibles en labios de quien se rige por el"principio-Misericordia": "Si destruyen la radio y asesinan a sacerdotes,
sepan que nada malo nos han hecho".
Si se toma en serio la misericordia como lo primero y lo último, entonces
se torna conflictiva. A nadie lo meten en la cárcel ni lo persiguen
simplemente por realizar "obras de misericordia", y tampoco lo habrían
hecho con Jesús si su misericordia no hubiera sido, además, lo primero y
lo último. Pero, cuando lo es, entonces subvierte los valores últimos de
la sociedad, y ésta reacciona en su contra.
Digamos, por último, que la "ultimidad" de la misericordia supone la
disponibilidad a ser llamado "samaritano". En la actualidad, la palabra
suena bien, precisamente porque así llamó Jesús al hombre misericordioso;
pero recordemos que entonces sonaba muy mal, y precisamente por ello la
usó Jesús, para enfatizar la supremacía de la misericordia sobre
concepciones religiosas y para atacar a los religiosos sin misericordia.
Esto sigue ocurriendo. A quienes ejercitan la misericordia no deseada por
los "salteadores", les llaman hoy de todo. En América Latina les llaman
-lo sean o no- "subversivos", "comunistas", "liberacionistas"... y hasta
les matan por ello. La Iglesia de la misericordia debe, pues, estar
dispuesta a perder la fama en el mundo de la anti-misericordia; debe estar
dispuesta a ser "buena", aunque por ello le llamen "samaritana".
2.4. La Iglesia de la misericordia se hace notar como verdadera Iglesia de
Jesús
Muchas otras cosas pueden y deben decirse de una Iglesia regida por el"Principio-Misericordia". Su fe, ante todo, será una fe en el Dios de los
heridos en el camino, Dios de las víctimas. Su liturgia celebrará la vida
de los sin-vida, la resurrección de un crucificado. Su teología será
intellectus misericordiae (iustitiae, liberationis), y no otra cosa es la
Teología de la Liberación. Su doctrina y su práctica social será un
desvivirse, teórica y prácticamente, por ofrecer y transitar caminos
eficaces de justicia [4]. Su ecumenismo surgirá y prosperará -y la
historia demuestra que así ocurre- alrededor de los heridos en el camino,
de los pueblos crucificados, los cuales, como el Crucificado, lo atraen
todo hacia sí.
Es necesario -creemos- que la Iglesia se deje regir por el"Principio-Misericordia"; pero creemos, además, que ello es posible,
porque desde ese principio -y, en nuestra opinión, de forma más cristiana-
se puede organizar todo lo eclesial.
Digamos brevemente, para terminar, tres cosas. La primera es que todo lo
dicho hasta ahora no es más que reafirmar, en otro lenguaje, la opción por
los pobres que debe hacer la Iglesia, según las declaraciones de la propia
Iglesia institucional. Lo dicho, pues, no es nuevo, aunque quizá ayude a
comprender la radicalidad, primariedad y ultimidad de esa opción. La
Iglesia de la misericordia es la llamada hoy en América Latina "Iglesia de
los pobres". La segunda es que la misericordia es también una
bienaventuranza; y, por ello, una Iglesia de la misericordia -si lo es de
verdad- es una Iglesia que siente gozo, y por eso puede mostrarlo. Y de
esta forma -cosa harto olvidada-, la Iglesia puede comunicar in actu que
su anuncio, de palabra y de obra, es eu-aggelion, buena noticia que no
sólo es verdad, sino que produce gozo. Una Iglesia que no transmite gozo
no es una Iglesia del evangelio; ahora bien, no debe transmitir cualquier
gozo, sino el que le es declarado en su "carta magna" de las
bienaventuranzas y, entre ellas, el de la misericordia.
Y la tercera y última cosa es que una Iglesia de la misericordia "se hace
notar" en el mundo de hoy. Y se hace notar, de manera específica, con
credibilidad. La credibilidad de la Iglesia depende de diversos factores,
y en un mundo democrático y culturalmente desarrollado, por ejemplo, el
ejercicio de la libertad en su interior y la exposición razonable de su
mensaje le otorgan respetabilidad. Pero creemos que en la totalidad del
mundo -que incluye los países del primero- la máxima credibilidad procede
de la misericordia consecuente, precisamente porque ésta es lo más ausente
en el mundo de hoy. Una Iglesia de la misericordia consecuente es, al
menos, creíble; y, si no es misericordiosamente consecuente, en vano
buscará credibilidad por otros medios. Entre los aburridos de la fe, los
agnósticos y los increyentes, esa Iglesia hará al menos respetable el
nombre de Dios, y éste no será blasfemado por lo que hace la Iglesia.
Entre los pobres de este mundo, esa Iglesia suscitará aceptación y
agradecimiento.
Una Iglesia de la misericordia consecuente es la que se hace notar en el
mundo de hoy, y se hace notar "como Dios manda". Por ello la misericordia
consecuente es "nota" de la verdadera Iglesia de Jesús.
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