SER Y NO SER EN LA AMAZONIA PERUANA
Como lo he venido haciendo durante cuatro años, éste también me marché a la amazonía peruana, viviendo allí la experiencia de convivir con gente de la selva en la selva. Desde mi punto de vista, una experiencia única y nueva cada vez, puesto que es un mundo desconocido para la inmensa mayoría.
El proyecto en el que me integro, fundamentalmente, es convivir con aquellas comunidades, donde comparto con ellos multiples tareas tanto de carácter pastoral y catequético, compartiendo la fe, como tal vez profundamente relacionado con una labor, a la vez social o educativa, o todas ellas a la vez.
Ya desde Iquitos, la ciudad que te abre las puertas a la selva, constatas el “nuevo mundo” en el que vas a integrarte. Te embarcas allí, en una lancha donde cabe de todo y comienzas el viaje hacia la ciudad de Requena, capital de otra provincia y sede del Vicariato de su nombre. El viaje duró 16 horas. Pero es hermoso. Río, selva y el cielo acogedor. Por los pueblitos donde atraca la lancha, te vas dando cuenta de la diversidad de etnias que pueblan la región de Loreto, en la que se enclava la Provincia de Requena, en el gran río Ucayali, el que junto con el Marañón, forman el Gran Amazonas.
Impresiones de la selva
Cuando ya de Requena te adentras más en los poblados o comunidades nativas, vas sintiendo el asombro como un sentimiento que te invita a no mirar, sino más bien a distraer tu vista de lo que vas viendo. La inmensa mayoría de las casas que se extienden en el terreno comido a la selva son de madera y palmas los tejados. Una sola “habitación”, es lo habitual, y casi ninguna con lo más elemental para vivir dignamente: camas, mesas, sillas... Su convivir lo hacen encima de las tablas o tierra que aguantan los palos de la choza.
Generalmente los pueblitos giran en torno a una “plazoleta” de hierba donde es común ver muchos niños, adolescentes y jóvenes ociosos o jugando al fútbol o voleibol, particularmente cuando no están en la escuela o dedicados a la pesca o a la recolección de algunos frutos propios.
Cuando ya te vas habituando, desgraciadamente, a ver la realidad a la que has llegado, constata la pobreza, el abandono, la suciedad y la dejadez que se manifiesta en las comunidades y en las personas, y me siento mal queriendo averiguar si ellos se sienten igual en esas circunstancias, o por el contrario, han asumido ya la realidad, de tal manera que no se dan cuenta de ella, como si estuvieran anestesiados contra la miseria, pero, ¿sería posible esto?
No lo sé, pero sí caigo en la cuenta que la viven con una resignación que enerva mi sensibilidad, mi inconformismo y, como no, mi espíritu crítico, que en estas circunstancias se acentúa de una manera que hacía me sintiera mal, muy mal en ocasiones porque me parece incomprensible una realidad como la que viven en muchas comunidades, aquellas buenas gentes.
Pensando sobre lo que los sentidos me permiten percibir, me siento punzantemente malhumorado, sobre todo, al ver que eso no es siquiera mínimamente vivir. El abandono, la falta de higiene, de asistencia sanitaria, carencia de los más elementales medicamentos, la escasez hiriente de alimentos suficientes, sobre todo para los niños; a eso, al menos así lo creo, nunca puede uno acostumbrarse, pienso que no puede ser agradable jamás, ni siquiera aunque sea la manera ordinaria de vivir, aunque en estos casos, como en tantos otros, es el olvido y la marginación que los que tenemos hemos hecho de aquellas buenas gentes. No te puedes sentir bien y, por consiguiente, feliz, ¡no!. Por eso me resisto, no creo, que ellos estén “habituados” a vivir, a subsistir, mejor, como lo hacen, de tal manera que han asumido esa realidad y se sienten bien. ¡No es posible!
¿Conformismo por incapacidad?
Pero eso es lo que veo cada vez que voy, y este año, por la zona en la que me ha tocado estar, se ha acentuado todo lo anterior, de tal manera que me preguntaba si yo mismo aceptaba la existencia de aquel lugar en el mapa, ya que me parecía estar viviendo una mala pesadilla, puesto que es increíble que existan lugares como aquellos en los que tuve la suerte de estar este año.
La impresión que te dan, la inmensa mayoría de ellos, es que aceptan este mundo tal cual lo viven, ¿tal vez porque no tienen más remedio? La pasividad ante su realidad desde su propio país y del resto del mundo es tal, que ciertamente no es para despertar ilusiones ni esperanzas. Por eso yo creo que “se conforman” con el mundo en el que viven.
Uno, ingenuamente, piensa que debieran rebelarse, pero, ¿cómo?, ¿qué medios tienen para dejarse oír?, y, ¿quién les oiría? No obstante, creo que esta actitud les falta. ¿Cansancio de estar siempre dominados?, dan la impresión de carecer de espíritu de superación, de justa ambición que les lleve a rebelarse contra los que les obligamos a vivir así que somos todos los satisfechos del Primer Mundo. Los que banqueteamos continuamente en la mesa del insaciable Epulón.
Y así viven: pobreza, miseria, abandono, suciedad y dejadez; falta de alimentos y medicinas... Por no mencionar la carencia de tantos valores propios de la persona. ¿¡Cómo el ser humano puede acostumbrarse a vivir en las condiciones humanas, sociales, económicas y sanitarias que yo he vivido durante los años anteriores y, acentuados en la zona en la que he vivido durante estos dos meses de mi estancia en la selva!? Hay quien me ha llegado a decir que, sin embargo, y en estas circunstancias, son felices porque, al menos, tienen algo que comer , aunque sólo sea yuca, arroz, plátano y pescado, e incluso, a veces, un poquitito de pollo o de chancho.
Yo pensaba, y sigo pensando, que el secreto de la existencia humana no está solamente en sobrevivir, que es lo que a mí me parece preocupa especialmente a estas gentes, entre otras razones, porque creo que a ello se les ha obligado, y no tienen otras posibilidades; sino que el secreto de la existencia humana está en saber que vivimos, y esto es lo que pienso que aún no han podido descubrir en toda su dimensión estas buenas gentes de la selva, pues para ellos es perentorio y prioritario el poder sobrevivir de cada día, es casi no tener tiempo para darse cuenta de su propia existencia y del valor y dignidad de la misma.
Cuando te adentras algo más en ese mundo sientes una gran impotencia para hacer algo, tal vez porque no sabes por dónde empezar, pues la labor es tan enorme que llega, al menos, en algunos días, a paralizarte. O bien porque casi te encuentras con las manos vacías para llevar a cabo la solución de algunos de los problemas más perentorios con los que te encuentras y ellos viven, como por ejemplo una alimentación adecuada a los niños.
Pero no se va allí para simplemente contemplar, por eso, cuando uno tiene sus ratos de reflexión sobre la realidad, descubre que todo aquello puede convertirse en una experiencia muy dignificante y humanizadora si sabes aprovecharla. Te conciencias de las carencias tan básicas que estas personas padecen cuando aquí, en nuestro mundo consumista y despilfarrador, una de las preocupaciones más obsesiva es la de no engordar. Para mi ha sido una experiencia impactante y enriquecedora.
No cabe duda, y esto es verdad, e incluso te crea, en los primeros días, un trastorno relacional, pues se trata de otra manera de concebir la vida, la fe, la religión, las relaciones humanas, por parte de estas gentes. Da la impresión que sienten otras necesidades. Que sus vidas responden a unos primeros impulsos de tal manera que la existencia para ellos no es puro correr hacia el tener, sino más bien al poder mantenerse hoy de pie, porque mañana no sabemos. Pero les gusta tener, a pesar se su extraordinaria familiaridad con la pobreza, aunque realmente se conforman con muy poco, pero esto se convierte, en muchas ocasiones, en espada de dos filos.
El tiempo es verdaderamente relativo, se le valora poquísimo; si no es ahora, será después, ¡para lo que hay que hacer! Es algo en lo que está metido lo más importante que han de hacer, sobrevivir, no lo cuadriculan, lo emplean para eso, casi el único objetivo de su existencia.
Con estas experiencias yo me iba dando cuenta de que depende, en gran manera, de mí, el no dejar de ser persona. El ser humano está siempre corriendo el riesgo de reingresar en la escala límite animal, basta que se vaya descuidando, o le obliguen a hacerlo, que es el caso. Rápidamente encontraba razones para llegar a comprender la forma de ser y de vivir de estas buenas gentes, pero me costaba horrores el llegar hasta donde ellos llegaban en la forma de ejercitar la existencia, esto se convertía para mi en un socavón que se me presentaba casi como insalvable, mi esperanza se agarraba al correr del tiempo, pero yo no he podido “acostumbrarme” a existir de esa manera, gracias a Dios.
La selva, una realidad rompedora de esquemas
Entre experiencias se van pasando los días que, ciertamente, no dejan de ser duros, pues echas de menos muchas de las facilidades a las que estás habituado, a los derribos mentales que has de hacer y al contemplar otra manera de concebir las relaciones entre ellos y a todos los niveles, distinta, en tantas actitudes a la que uno tiene. Tienes muchas veces la sensación de sentirte desplazado, desarraigado, la razón me evidenciaba con gran claridad la comprensión de actitudes, sentimientos y moral de aquellas buenísimas personas, pero a la vez, me distanciaba en la vivencia concreta de su realidad de cada día.
Y se fue acrecentando en mi el sentimiento de que aquella experiencia podría ser positiva, como dije antes, bastaba que yo me lo propusiera para que así fuese.
El mundo de las familias, realidad en su inmensa mayoría, desestructurada, donde la mujer y los niños cuentan poco, el todo lo es el cabeza de familia, el hombre, poco expresivo en el afecto hacia los hijos, sobre todo en público, y no digamos en la relación con su mujer. En este mundo el niño, tantas veces es maltratado y abandonado en su nutrición y educación.
No hago juicio alguno y menos aún comparaciones, quiero simplemente constatar el choque fuerte que una sociedad así te produce. Son vivencias duras, cuando realmente te metes dentro de esa realidad.
¡Cómo son, Dios mío, cómo son!
Pero esa realidad humana, dura y difícil de penetrar en ella, a pesar de las molestias y momentos desagradables que te ocasionan los insectos y otros animales, te va envolviendo como una hermosa boa del lugar, hasta quedar encantando de cuanto de humano puro existe entre ellos.
Al ir conociéndolos más te vas sintiendo bien entre aquellos asentamientos humanos; las dificultades, carencias y molestias van como pasando a un segundo plano en la conciencia, pues las personas van ocupando definitivamente, y tal como son, el primer lugar en ella.
Y ya me sentía más “a gusto” y mejor en las comunidades y experimentaba la benevolente acogida por parte de llos. Qué verdad es que hemos de ir creciendo en medio de esa amalgama que forman la luz, el carácter y el corazón, ello nos propicia llegar a ser hombre completo, siempre en búsqueda de relación con los demás como complemento de la propia realidad.
Y todo eso se traduce en un saludo sonriente y constante de estas personas que, a pesar de todo, saben agradecer tu presencia entre ellos. Son gente muy sencillas, amables, educadas, cercanas, cariñosas, muy afectuosas y tremendamente simples: no se complican la vida pensando en su situación, al menos en lo que se ve, y son trabajadoras; dos impedimentos, particularmente, les salen al paso para poder realizar más de continuo esta acción tan humanizadora del trabajo: La carencia de medios y el sol.
La expresión de su cara no manifiesta sufrimiento interior por la situación en la que viven, que no es sólo la miseria material, sino también, y mucha, moral y de costumbres, al menos desde nuestra visión de larga influencia cristiana.
Sí, externamente parece que nada de esto les afecta, pero al charlar un rato con algunos de ellos, algo que les gusta, percibía, al menos eso creo yo, que la apariencia engaña, presentía que sufren y mucho. Sobre todo por la falta de esperanza que el porvenir no les propicia, que les cercena toda ilusión o fantasía creativa.
En su físico, incluso, se les ve las duras y crueles consecuencias de la situación de abandono en que viven. Por eso, y a medida que los iba tratando y conociendo, sintiéndolos más cercano a mí, oía como un grito, una voz que espantaba y me decía: ¡Aquí no hay nada que hacer, eres hombre perdido, corres el peligro de convertirte como uno de ellos! Sin duda que la incitación al abandono es algo que siempre nos persigue, sobre todo en situaciones donde más se ha de poner de uno mismo.
Ahora, es cierto, se me hacía difícil encajar en mi cabeza y en mi corazón la idea de la encarnación, ¿hasta dónde? Se hace difícil determinarla con claridad, por eso yo trataba de cargar mi espíritu de esperanza, ya que, como dicen algunos, la esperanza es un anticipo hecho a la dicha.
Pensaba, en los ratos en que lo hacía, muchos, por otra parte, que la entrega desinteresada no debe llevar, necesariamente, a encarnarse de tal manera que lleguemos a tener una persona más que vive en una miseria integral, llegándose a no poder vivir los auténticos valores, propios de toda persona, en la escala que ellos tienen, pero comprendiendo que sólo podemos vivir a plenitud si optamos por el camino de los valores más auténticos.
¡Qué tarea más difícil, Dios Santo!
Desde luego, y esto no lo puedo poner en duda, la entrega de los misioneros es admirable por los hombres y mujeres de estos lugares. Se desgastan verdaderamente por las gentes con las que viven. Progresivamente se han metido en sus corazones y ellos mismos han aceptado en el suyo a los nativos.
Sin embargo, lo confieso con toda sinceridad, para mí resulta muy duro aceptar y compartir muchas cosas que has de vivir con ellos. No es cuestión ya de que lo mío sea mejor o superior a lo de ellos, sino que es llegar a asumir su realidad como mía en unos pocos días. Me resultaba imposible. Te digo que no fui capaz, pero además me consuela el creer que nadie lo conseguiría. Es algo que se convierte en un calvario como uno pretenda andar por ahí para encarnarse lo antes posible; creo que es cuestión de tiempo, y de mucho tiempo, y desde luego con el profundo deseo de que se haga realidad y luchar por ello.
No obstante, estoy convencido que todo esto me ha e, es una experiencia constructiva, no sólo por vivir en otro mundo, sino por todo cuanto me he encontrado allí. Es necesario saber descubrir las riquezas de fuera, es bueno superar el creer sólo en uno mismo, el obedecerse a sí mismo, porque inexorablemente esto nos conduce a beber de las fuentes más fecundas de errores y de miserias.