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Una sólida implicación no está reñida con unos límites necesarios. La implicación del voluntario es, además de inevitable, muy necesaria para llevar a cabo una labor solidaria. El hecho de acercarse a una organización con intención de ayudar a otros ya significa una implicación mental previa con el servicio a los demás.
No obstante, el exceso de celo y las ganas de ayudar pueden llevar al voluntario a considerar como suyos los problemas de los otros en un sentido negativo. Las situaciones problemáticas de los demás son principalmente suyas. El voluntario no debe llevarse los problemas a casa ni hacer más de lo que ha pactado en su compromiso o, al menos, consultar con la organización las acciones a realizar fuera del mismo. Para bien y para mal, el protagonista de los problemas es el marginado social. El voluntario es un acompañante que apoya silenciosamente y ayuda a que el otro, el protagonista, tome las decisiones que le afecten. Por otro lado, la organización debe crear una red de apoyos para que los beneficiarios estén bien atendidos sin “quemar” al voluntario. Al voluntario no se le pide que sea un héroe ni un santo ni que deje a su familia y a sus amigos, más bien se trata de integrar su servicio voluntario dentro de su vida normal, sin que esto cause distorsiones serias.
Un voluntario puede implicarse hasta la saturación de varias maneras:
- Exceso de tiempo dedicado al servicio voluntario.
- Implicación de su familia y de su entorno en el servicio voluntario.
- Querer solucionar los problemas con demasiada urgencia.
- Impacto psicológico intenso y demasiado prolongado.
- Implicación sentimental, confundir y mezclar la solidaridad propia del voluntariado con amistad, compasión, lástima, etc.
Para evitar algunos de estos efectos secundarios de la demasiado implicación personal, hay que poner remedios antes y durante el desarrollo del voluntariado. En primer lugar, el respeto por el tiempo comprometido. La intensidad y calidad del servicio no se mide por el mayor o menor tiempo invertido en él. Nadie mide, por ejemplo, la intensidad de una amistad por el tiempo que pasa con un amigo. Hay amigos que se ven una vez al mes y que, sin embargo, están unidos por lazos profundísimos. Invertir más tiempo en un servicio, sobre todo cuando éste se inicia, supone un riesgo de saturación al no poder encajar el voluntariado entre las ocupaciones normales. Es preferible respetar el tiempo mínimo comprometido.
Por otro lado, es un lastre el implicar a miembros de la familia que no están de acuerdo con nuestra labor o que les resulta indiferente. Por este motivo es conveniente canalizar la relación voluntario – beneficiario a través de la organización, sin dar los datos personales del voluntario. Si el voluntario da su teléfono o su dirección o lleva al beneficiario de su servicio a su casa podría además, aunque muy remotamente, tener algún problema de seguridad. Pero, sobre todo, se arriesga a prolongar los problemas hasta su domicilio. Las personas que se atienden en servicios de voluntariado, casi siempre, tienen serios déficit de afecto que pueden volcar en el voluntario. De esta manera es frecuente, por ejemplo, que personas mayores atendidas por servicios de ayuda a domicilio llamen constantemente al voluntario para todo. A veces, incluso, pedirá colaboraciones simplemente como excusa para hablar un rato con alguien. Todo esto puede significar la saturación del voluntario.
En otro sentido, el voluntario debe ver los problemas con perspectiva y saber que él es una pieza más en un proceso de reinserción o en la resolución de un problema. Algunos voluntarios confunden lo urgente con lo importante cuando piensan que una labor de reinserción social debe hacerse de manera inmediata. Sin embargo, es mejor llevarla a cabo lenta, pero sólidamente y asentando una fase antes de iniciar la siguiente. Como ejemplo, una persona sin hogar que lleva quince años en la calle y con problemas muy serios, no puede pasar de la noche a la mañana a vivir una situación de normalidad absoluta. La implicación intensa para conseguir resultados a corto plazo puede conducir a la decepción del voluntario o al aborto de resultados más firmes aunque más a largo plazo.
Cuando un voluntario entra por primera vez en un Centro Penitenciario o en el Módulo Penitenciario de un Hospital, o en una planta con enfermos graves, o en un Centro de Día para mayores con demencia, es normal que sufra un impacto emocional. Es algo nuevo y fuera del concepto de normalidad al que estamos acostumbrados. En pocos días, este impacto quedará amortiguado por la costumbre y pasará a ser parte de nuestro nuevo esquema de normalidad. Si esto no se produce y el impacto continua viviremos nuestro voluntariado como una situación estresante y merece la pena replantearse por qué ocurre. Lo mejor será hablar con el responsable del servicio y pensar si se debe cambiar de voluntariado. (PENSAR SI SE CAMBIA DE APARTADO)
Por último, en la descripción de estos apartados, se encuentra la confusión entre voluntariado y otras formas de relación sentimental. El voluntario no tiene por qué ser amigo del beneficiario. Esta afirmación tan políticamente incorrecta y tan incómoda de realizar, es muy necesaria en muchos momentos. Por supuesto, la relación entre voluntario y beneficiario puede cambiar. ¿Por qué no puede ser el inicio de una amistad fuera del voluntariado? ¿Por qué no se puede producir un enlace sentimental más allá de la acción voluntaria? Nadie lo impide, pero el voluntario debe saber que se ha producido ese cambio y que las reglas del juego cambian. En la vida diaria una relación laboral, por ejemplo, puede conducir hacia un noviazgo, pero los implicados deben saber que cuando se discute por el sueldo no hay que mezclar celos amorosos ni trapos sucios sentimentales. El voluntariado es una cosa y la amistad es otra. El voluntario tampoco debe mostrar lástima ni pena por el beneficiario. El voluntario debe situarse en un plano de igualdad y esto supone en muchas ocasiones ser firme y saber decir que no. Mostrar lástima no es un buen revulsivo para el beneficiario de un programa de voluntariado, no anima mucho. Por otro lado, ser firme y decirle que no a alguien en muchas ocasiones significa demostrarle que lo consideras adulto, inteligente y preparado para asumir esta respuesta. Condescender siempre a todo no es positivo. Todo esto, en un clima de amabilidad y de respeto se encaja sin contradicción alguna.
n cualquiera de los casos, si la implicación se lleva más allá de un punto lógico, la continuidad del servicio puede verse afectada y lo que pretende ser un compromiso responsable, se convierte en una carga que, aprovechando cualquier excusa, muchos voluntario soltarán enseguida. O confundirán las normas del voluntariado con las de otra actividad que se rige por parámetros diferentes. Es necesario poner límites para evitar que la implicación excesiva en cualquiera de los sentidos hablados, no perjudique la continuidad de la acción voluntaria y no deje en el voluntario la sensación de frustración, decepción o impotencia.
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